
Abasolo, Guanajuato.- Al amanecer, cuando el campo todavía guarda silencio, Jesús Barrera Bravo ya está de pie. No lo despierta un reloj, sino la costumbre y la necesidad. Tiene 62 años, aunque el sol y el trabajo le han sumado algunos más, y desde siempre ha vivido en esta comunidad, ubicada “adelantito de San José González”, como él mismo dice. Aquí, entre parcelas pequeñas, vacas flacas y canales de riego caprichosos, transcurre la vida de un pequeño productor del campo que resiste, día a día, a pesar de todo.
“Está muy triste la vida, de ver”, resume don Jesús sin rodeos. El último ciclo agrícola fue especialmente duro. La lluvia no llegó cuando debía y el agua escaseó. Muchos de sus vecinos no lograron ni siquiera cubrir los gastos de renta de la tierra o la inversión hecha en semillas y fertilizantes. “Hubo quienes sacaron tres toneladas, otros 600 kilos en una hectárea… así no alcanza”, lamentó.
Él tuvo un poco más de suerte. En su “pedacito”, apenas media hectárea, logró cosechar alrededor de siete toneladas de maíz. No es mucho, pero para don Jesús representa un ahorro, una especie de banco en grano. “Si uno dice ‘voy a guardar dinero’, no lo guarda. En cambio, ahí está el maíz”, explicó. No lo vende: lo reserva para alimentar a sus animales y sostener, en parte, la economía familiar.
Además del cultivo, Jesús Barrera se dedica a la ganadería a pequeña escala. Tiene seis vacas, un becerro y un puerco. En su casa viven seis personas: él, su esposa María del Carmen González Núñez y cuatro hijos. No hay lujos, pero sí una pequeña libertad que don Jesús valora: “Cuando menos no andamos que nos arríen. Me levanto, trabajo, me siento un rato y nadie me dice que no”. Esa autonomía, dice, es la única ventaja de una vida que por todos lados parece en contra.
Aun así, no se rinde. Sentarse, asegura, sería peor. “Si nos sentamos, está más feo”. Por eso valora apoyos como la mochila aspersora que recientemente recibió de parte del gobierno de Abasolo. Para él no es un regalo menor: significa menos esfuerzo físico, menos cansancio en las manos y un ahorro de dinero y tiempo en el trabajo del campo. “Me ahorro una lana y un trabajo”, reconoció.
Jesús Barrera habla con resignación, pero también con una claridad que pesa, comentó como ve a su querido Abasolo, “Antes decían que el rico iba a ser más rico y el jodido más jodido. Ahora ya lo estoy creyendo. Ya es una realidad”. Recordó incluso las palabras de su padre, quien advertía que algún día compraríamos el agua en botellas. Hoy, esa profecía se cumple.
En Gómez y Orozco, la historia de don Jesús no es excepción, sino regla. Es la vida de cientos de pequeños productores que sobreviven entre la falta de agua, los precios injustos y un mercado que los deja atrás. Aun así, cada mañana, vuelven a levantarse. Porque en el campo, rendirse no es opción; resistir, aunque sea para “mal comer”, es la única forma de seguir.