
Guanajuato, Gto.- Una tradición que iba en declive ha retomado fuerza gracias a la cultura de considerar a los animalitos como compañía: decenas de personas se arremolinaron con sus mascotas la tarde del sábado en el atrio del Templo del Oratorio de San Felipe Neri, conocido como Templo de la Compañía, para la tradicional bendición.
El lugar se convirtió en una pequeña granja urbana que celebró a San Antonio Abad, patrono de los animales.
Perros, gatos, aves, conejos, tortugas y pájaros, muchos de ellos adornados o vestidos elegantemente para la ocasión, recibieron una bendición que, según la fe popular, es garantía de salud y bienestar durante todo el año.
San Antonio Abad, también conocido como Antón Abad, nació en Heracleópolis Magna, Egipto, en el año 251 d.C., y falleció en el 356 d.C. Fue un monje cristiano considerado fundador del movimiento eremítico, es decir, de los primeros ermitaños.
La tradición señala que alcanzó los 105 años de edad y que encontró la sabiduría observando a los animales, así como el amor divino a través de la naturaleza, razón por la cual es venerado como protector de los animales.
Bendición de mascotas: tradición que sigue
El cronista de la ciudad, Eduardo Vidaurri, señala que no existe fecha que indique desde cuándo se realiza la tradicional bendición de los animales en la capital.
Explicó que la celebración es por San Antonio Abad, pues el 17 de enero es la fecha que marca el calendario ritual para desarrollar la que es una de las más antiguas tradiciones cristianas. Conocemos la vida del santo a partir de la obra que escribió San Atanasio y que le dio la vuelta al mundo impresionando a las personas por ser un ejemplo de austeridad, disciplina y constante ejercicio de la oración, dijo el historiador.
Historia cristiana
San Antón nació en Komán o Comas, un pueblo de Egipto muy próximo a Heraclea, al sur de Menfis, en el año 251. Muy próximo a cumplir los veinte años quedó huérfano de padre y madre y decidió dejar todos sus bienes a su hermana y abrazar la vida religiosa imitando la vida austera que llevaban los monjes que poblaban aquellas tierras solitarias.
Su nueva vida transcurrió en una reducida choza primero, luego en una cueva y hasta en una torre abandonada donde pasó veinte años sin ser visto, ya que solo le pasaban pan y agua por un reducido orificio. San Antonio Abad fue uno de los primeros ascetas fundadores de la vida monástica. Tenía por costumbre bendecir a los animales y a las plantas haciendo la señal de la cruz sobre ellos invocando el nombre de Cristo.
En la representación de su imagen destaca el báculo en forma de cruz y un cochinillo con una campanilla atada al cuello. Sabedor de que la muerte estaba próxima, San Antonio Abad encargó que una vez que eso ocurriese su cuerpo fuera embalsamado y sepultado en un sitio que no debería ser revelado a nadie.
Luego de su muerte ocurrida en el 356, a la edad de ciento cinco años, era ya una figura respetada por emperadores, sabios y paganos ilustres. Dejó en testamento algunos objetos de uso personal que pronto se convirtieron en reliquias. Años después le fue revelado en sueños a alguien el lugar de su sepultura por lo que fue trasladado a Alejandría primero y a Viena después, donde reposan sus restos.
San Antonio Abad fue muy pronto adoptado como el patrono de los ganaderos, de los carniceros y declarado protector de los animales domésticos, es por ello que en su celebración, se realiza la bendición de los animales.
De acuerdo con Sebastián Verti, explica el cronista, los frailes franciscanos introdujeron la ceremonia desde los primeros años de la colonia. Se convirtió en una tradición con mucho arraigo popular que se celebra a lo largo y ancho del país, es común que las personas se acerquen a los templos con sus animales adornados con listones o flores especialmente preparados para la celebración.
En Guanajuato la tradición apenas se mantiene, aseveró Vidaurri. Hace décadas la bendición empezaba desde temprano, ahora suele hacerse después de las cinco o seis de la tarde.
El cronista y pintor don Manuel Leal, autor de una de las imágenes que acompañan este texto, ilustra que antes muchas personas concurrían a los templos guanajuatenses, principalmente al Santuario de Guadalupe, a San Sebastián, o a Pardo, principalmente mujeres, que llevaban a sus animalitos ataviados con moños de colorines o pintados con anilinas de colores chillones.
Ahora la tradición se reduce casi a animales domésticos.