
Por Alice Juárez, escritora.
Con los ojos cerrados caminamos por la vida últimamente. Tal vez por eso perdimos el rumbo.
¿Pero hacia dónde vamos? ¿Te lo has preguntado siquiera?
Violencia, ausencia de amor, cero valores… y un culpable cómodo: el gobierno.
¿El gobierno? ¿De verdad nos creemos esa estupidez?
¿El gobierno educa a tus hijos?
¿Les inculca valores, pone reglas en tu casa y las hace cumplir?
No. Pero es más fácil señalar afuera que aceptar nuestra tibieza, nuestra ineficiencia, nuestra irresponsabilidad como padres. Más fácil cerrar los ojos.
Gobiernos han ido y venido. Hemos cambiado de colores políticos “como de calzones” y, aun así, no nos preguntamos:
¿por qué generaciones anteriores criaban menos delincuentes?
Teníamos menos estudios, menos dinero, menos comodidades. Muchos apenas educación básica, pocos una carrera. Y, aun así, había más respeto, más conciencia, más límites.
Podíamos decir, sin rubor, que los buenos éramos más.
Hoy… no lo sé. Creo que ya no.
Cerramos los ojos cuando el hijo llega con un celular nuevo —que yo no le compré—.
“Qué padre, ya trae moto nueva”.
No sé de dónde la sacó, pero ¿qué importa mientras “sea para bien”? Mejor no preguntar.
Cerramos los ojos mientras la familia se desmorona.
Qué flojera corregir. Estoy cansado.
“Que se encargue su madre, yo ya cumplí: llevo dinero a la casa”.
Llego, prendo la tele, agarro el celular… mañana será igual.
Mamá hace lo mismo. Cierra los ojos. Tapa al hijo porque el papá no corrige, solo golpea.
Y además… qué flojera. Ya hice el quehacer, me merezco descansar. Redes sociales, una novela.
¿Eso a quién ofende?
Luego el muchacho ya anda armado.
Ya trae amistades pesadas.
Ya no entiende razones.
Ya da miedo.
Y mejor no decir nada… no vaya a ser.
Con los ojos cerrados sigues caminando, hasta que un día te toca entrar a la morgue a reconocer un cuerpo.
O, si tiene “suerte”, a la prisión, el día de visitas.
—Mira, al final sí se graduó—.
En la cárcel, como delincuente.
O en la tumba, “como un ángel”.
Porque entonces, con los ojos cerrados, también los santificamos:
“Era bien buena gente”.
Truénenle cuetes.
Celebren su vida.
“Se nos fue otro ángel”.
Porque no fue el gobierno.
Ni el sistema.
Ni la falta de oportunidades.
Fue la omisión diaria.
El silencio cómodo.
Los límites que no se pusieron.
Las preguntas que no se hicieron.
Los ojos que se decidieron cerrar.
La culpa no vino de fuera.
Nació en casa.
Creció en la indiferencia.
Se alimentó de la flojera moral y del “no pasa nada”.
Y, mientras sigamos buscando culpables externos, seguiremos enterrando consecuencias internas.
No es el gobierno,
somos nosotros.
