
En Irapuato circulan historias de ultratumba que han pasado de generación en generación. Una de las más conocidas es la de una misteriosa niña que, según cuentan, aparece por las noches cerca del panteón y busca que la lleven a casa, dejando tras de sí un recuerdo imposible de explicar.
Se dice que un taxista de Irapuato vivió una experiencia que jamás pudo olvidar y que, desde entonces, le quitó el sueño durante muchas noches.
Aquella noche había llevado a una señora al Panteón Municipal. La mujer bajó sin decir mucho, pagó el viaje y caminó entre las tumbas hasta perderse en la oscuridad. El taxista esperó unos segundos antes de arrancar, mirando distraídamente por el retrovisor… y fue entonces cuando la vio.
Sentada en medio del asiento trasero estaba una niña pequeña.
El hombre sintió un vuelco en el pecho. Estaba seguro de que no había visto a nadie subir.
—¿Dónde está tu mamá? ¿Vienes sola? —preguntó con la voz temblorosa.
La niña no respondió. Permanecía inmóvil, con la mirada fija en un punto que no existía. Sus ojos parecían opacos, como si no reflejaran la luz.
—¿A dónde vas? ¿Dónde vives? —insistió el taxista.
La niña tardó unos segundos en contestar.
—Quiero ir con mi mamá… —dijo en un susurro apenas audible.
El taxista tragó saliva. Fue entonces cuando notó que la pequeña apretaba contra su pecho una muñeca vieja, rota y cubierta de lodo. Una de sus piernas estaba desprendida y tenía manchas oscuras que parecían sangre seca.
—Te llevo… pero dime dónde está tu casa —dijo intentando sonar tranquilo.
—En la Calzada de Guadalupe… —respondió la niña sin parpadear.
Mientras avanzaban por las calles casi vacías, el silencio dentro del taxi se volvió pesado. El hombre sentía un frío extraño que no venía del exterior. Miró otra vez por el retrovisor.
La niña seguía ahí, pálida como el papel. Sus labios eran oscuros, casi negros. Sus trenzas caían desordenadas sobre su vestido sucio.
Entonces, sin previo aviso, la niña habló:
—¿Te gustan los muertos?
El taxista sintió que el cuerpo se le paralizaba. Las manos le sudaban sobre el volante. Antes de que pudiera responder, la niña levantó lentamente su brazo y señaló hacia la oscuridad.
—Es ahí… ahí vive mi mamá…
Era una casa grande, vieja y casi en ruinas.
El taxista detuvo el coche. Apenas volteó hacia atrás para decirle que habían llegado… pero la niña ya no estaba.
Había desaparecido.
La puerta nunca se abrió. Nadie bajó. Nadie corrió.
Solo quedó la muñeca… tirada en el asiento.
Con las manos temblorosas, el taxista la tomó y bajó del vehículo. Tocó la puerta de la casa varias veces hasta que un hombre de rostro cansado abrió lentamente.
—¿Busca a alguien? —preguntó.
El taxista le explicó que había llevado a una niña hasta ahí y le mostró la muñeca.
El hombre se quedó inmóvil.
Luego, con desesperación, le arrebató la muñeca de las manos y comenzó a llorar.
Entre sollozos le contó que, dos meses atrás, su hija había muerto atropellada justo frente a esa casa. Un conductor borracho se subió a la banqueta mientras la niña jugaba.
Nunca encontraron la muñeca.
Era su juguete favorito.
El taxista sintió que el frío le recorría la espalda al recordar a la pequeña sentada en su taxi… mirándolo sin verlo.
Esa noche se fue sin decir nada más.
Desde entonces, cuentan que algunos taxistas evitan levantar pasaje cerca del panteón cuando cae la noche… porque dicen que, a veces, en el retrovisor… puede verse a una niña sentada en silencio, abrazando su muñeca rota.