
Pénjamo, Guanajuato.- En Pénjamo hay una maldición que hace del Templo de San Antonio de Padua un recinto único, además del estilo gótico. Ese maleficio une al templo con el destino del pueblo y es la razón de que el progreso se vea estancado.
La leyenda dice que todo comenzó en 1914 con la llegada del Padre Leoncio M. Conejo, originario de Tlaxcala. Con la promesa de levantar los muros del santuario, puso la primera piedra de lo que sería el templo y apoyado por los feligreses comenzó a oficiar misas en 1924, pese a no estar terminado.
La repentina desaparición del padre dejó dudas sobre su paradero y un vacío que, al parecer, no ha sido llenado por la historia oficial. Dos versiones de un secuestro destacan sobre su paradero. La primera es que fue capturado durante la Guerra Cristera y torturado hasta su muerte; la segunda habla sobre la avaricia y la traición de quienes deseaban el dinero de la obra, sometiéndolo a castigos como caminar sobre carbón ardiente hasta que las plantas de sus pies fueron desgarradas.
En ambos casos, ante la impotencia y el dolor, el padre maldijo la tierra penjamense antes de morir, augurando un nulo desarrollo. Un siglo después, el Templo de San Antonio de Padua permanece como uno de los atractivos turísticos. Para muchos habitantes, la falta de expansión a comparación de otros municipios está justificada en las últimas palabras del sacerdote del que nunca se encontró su cuerpo.

