Caminos de José Alfredo

Lugares y momentos de la vida del vate de Dolores Hidalgo

León, Guanajuato.- En 1950, José Alfredo Jiménez grabó “Yo” y con ello empezó su camino al éxito. Las giras tenían un significado especial cuando llegaba a su estado natal y cantaba en la ciudad que tenía la festividad más popular de la entidad: la feria de León.

José Alfredo nació el 19 de enero de 1926; León fue fundada el 20 de enero de 1576. Eran 350 años de diferencia que confluyeron en una canción que es de las más icónicas del compositor y cantante y un himno para la ciudad y el estado: Camino de Guanajuato.

Caminos de un Centenario

Los caminos del centenario de José Alfredo comenzaron en ese 1926 envuelto en una guerra cristera. Siguieron en 1936 -con otra guerra cristera como contexto histórico-, cuando su padre, don Agustín Jiménez, falleció y la familia se fue a vivir al barrio de Santa María la Ribera, en la ciudad de México.

José Alfredo creció en ese asentamiento. Fue un “mil usos” que aspiraba a ser portero de fútbol profesional y que cantaba con el grupo que amenizaba a comensales en el restaurant “La Sirena”. Ahí en 1948 se decidió por la música y no por el fútbol. En Santa María la Ribera tuvo su primer lugar de encuentro con el alcohol y la bohemia: la cantina “Salón París”.

José Alfredo hizo de las cantinas su espacio vital creativo. Se presentaba en el teatro Blanquita, por San Juan de Letrán (ahora Lázaro Cárdenas) y cerca tenía a la cantina “El Tenampa”, fundada en 1925.

En 1948 comenzó a cantar en radio y buscaba que le grabaran sus canciones. Fue en 1950 cuando logró grabar “Yo” y empezó su vida de éxito.

El camino de ciudad de México a Dolores Hidalgo tuvo una ruta:

Transitaba por la carretera 45 y pasaba Tula de Allende, Tepeji del Río, San Juan del Río y Querétaro antes de entrar al estado de Guanajuato por un costado de Apaseo el Grande.

Cruzaba a Celaya por la calle Colón -que luego se convertiría en boulevard Adolfo López Mateos. Luego seguía para Salamanca y entraba por la calle Hidalgo, para enfilar por Andrés Delgado y dar vuelta a Revolución. En la casa marcada con el 114 vivía su hermano mayor, Ignacio, quien en 1950 se fue a trabajar a la refinería de Salamanca.

Ambos hermanos iban a la cantina “La Rosa de Oro”, ubicada en la esquina de Hidalgo con Colón.

Tras el paso por Salamanca, José Alfredo retomaba la carretera 45. Salía por Morelos y entraba a Irapuato por su zona militar. Cruzaba la vía del ferrocarril y entraba a Irapuato por avenida Obregón.

La salida era caótica para enfilar por lo que hoy es prolongación Guerrero y seguir rumbo a Silao, donde tenía la opción de tomar la carretera 110 rumbo a Guanajuato y Dolores Hidalgo. Si iba a León, cruzaba la ciudad de las limas por 5 de Mayo, Libertad y Álvaro Obregón, para volver a cruzar la vía para llegar a la ciudad cuerera y entrar por Morelos o por Madero.

Ya sea para asistir a la feria de enero, que se realizaba desde lo que hoy es la avenida Miguel Alemán hasta el Parque Hidalgo, o para departir con amigos, José Alfredo tenía un espacio favorito en León: la cantina “El Gato Negro”. Curiosamente, fue fundada en 1926, el mismo año que nació José Alfredo.

Se presentaba lo mismo en el palenque montado en la ya desaparecida Arena Isabel que en la plaza de toros “México”, que estaba en lo que hoy es el Descargue Estrella.

En caso de ir a Guanajuato y a Dolores, regresaba por la carretera 45, volvía a cruzar Silao y tomaba la carretera federal 110. Pasaba por el pueblo de Santa teresa, seguía por Marfil y llegaba a la ciudad por un lado del Río Guanajuato. Cruzaba por el puente de Santa María (si llegaba en tren, bajaba por Tepetapa) y debía esperar que en la calle 5 de Mayo entraran vehículos (era entrada y salida rumbo a Dolores Hidalgo. Tomaba por calle Alhóndiga -conocida también como San Javier- y salía hacia la sierra. Pasaba por Santa Rosa y hacía escala en el Rancho de en medio, donde lo recibía su compadre. Luego de libar y convivir, nomás tras lomita estaba Dolores Hidalgo, su pueblo adorado, en donde departía en diversas cantinas, especialmente en “El Incendio”, “La Hiedra” y “La Diera”.

Llegaba a dormir a la casa ubicada en el número 10 de la calle Guanajuato, donde nació.

La lucha por la memoria

La familia Jiménez Medel posee una foto de José Alfredo posando en el mirador de El Pípila. Las leyendas urbanas de la capital dicen que llegó a cerrar el “Café de Carmelo”, que estaba en Plaza de la Paz y era centro de reunión de profesores y estudiantes de la Universidad de Guanajuato.

De paso hacia Dolores le quedaban “El Cañón Rojo”, “El Ventarrón” y una cantina ya desaparecida, que estaba en 5 de Mayo.

Carias cantinas de Dolores Hidalgo se disputan las estancias joséalfredianas. Hasta ahora se desconoce si en Celaya, Irapuato o Silao llegó a tomar un trago de whisky, pues -contrario a lo que popularmente se cree- no tomaba tequila ni mezcal.

Es la lucha mercadotécnica de esos lugares, pero también una lucha por la memoria.

Ahí me hiere el recuerdo

En marzo de 1953, Nacho se casó e hizo la fiesta en su casa de Salamanca. Ahí llegó José Alfredo y ahí el hermano mayor le pidió que compusiera una canción al estado de Guanajuato. El compositor le dijo que luego, porque ese momento era para cantar al amor.

Nacho se puso grave debido a un coma diabético el 3 de octubre; lo llevaron a la ciudad de México, pero n o sobrevivió. Lo sepultaron en el Panteón Francés el 6 de octubre. En el velorio, doña Carmelita, la madre, exclamaba “¡No vale nada la vida!”.

José Alfredo tomó esa frase para componer la canción que originalmente llevaba ese título, pero que al describir su paso por el estado, cambió a “Camino -no ‘Caminos’- de Guanajuato”.

La canción quedó terminada en diciembre de ese año y fue estrenada en la plaza de toros “México” en el marco de la feria de León.

Camino al mundo: de la cantina a la biblioteca

José Alfredo Jiménez murió el 22 de noviembre de 1973 a consecuencia de una cirrosis hepática. Tenía 47 años de edad. Su obra pasó de ser vista como una mera expresión de arte popular masivo y en la década de 1970, gracias a la divulgación de la cultura mexicana por el mundo, comenzó a ser vista por su dimensión social y su valor poético.

En la década de 1980 el escritor Carlos Monsiváis dio a José Alfredo su valor de “Poeta popular” y le reconoció la calidad literaria de sus letras.

Con el nuevo siglo comenzaron a proliferar ensayos y tesis para analizar su obra. José Alfredo pasó de las cantinas a los cubículos universitarios. Salud por eso.

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