
Guanajuato, Guanajuato.- Miles: de todas las edades, de todos los estratos sociales, de todas las formaciones académicas; entre besos de parejas románticas y luces de teléfonos celulares, el tenor Arturo Chacón y el mariachi Gama Mil hicieron vibrar a la Alhóndiga de Granaditas en el concierto de homenaje a José Alfredo Jiménez en el marco de la edición 54 del Festival Internacional Cervantino.
Chacón abrió fuerte, con “El Rey”. Desde principio el canto en sillas y gradas estuvo a flor de voz, con el fervor popular por un compositor nacido en un pueblo muy bonito, alegre y tradicional, hace cien años, que le cantó al amor y al desamor y por ello el concierto siguió con “Ella”, en un cansar de rogarle coreado para recordar que José Alfredo creció en Santa María la Ribera y vagó con su canto por México y el mundo, pero nunca se olvidó de la tierra que le vio nacer. Así lo habría de mostrar el tenor al seguir con “Camino de Guanajuato”.

Aquello era una osadía: ¿qué hacer cuan do un concierto comienza con las dos piezas más emblemáticas de la guanajuatidad joséalfrediana?
Chacón continuó con “Serenata huasteca”, en el que suplió al falsete de ese estilo para suplirlo con la potencia de una voz de tenor que buscaba empotrar en la emocionalidad ranchera, emocionalidad que sería poesía cantada con “Un mundo raro”.
En la sillerío de la planta baja estaba Paloma Jiménez, hija del compositor, a quien el tenor le dedicó “Paloma querida”, rola que el vate de Dolores compusiera a su primer gran amor.
Luego, “La que se fue” y poco a poco se acercó a la explosión de sentimientos con “Llegando a ti”, y para mostrar que pocas veces las voces operistas se envuelven en el canto bravío, continuó con “En el último trago”. Ya para entonces se sufría por no tener tequila a la mano.
Pero aquello también era una demostración de poderío de voz y Chacón lo demostró con largos vibratos en “El jinete”. Entre trago y trago de tequila, agradeció aplausos, valoró ser la voz que homenajeaba al guanajuatense y reconoció: “no es común que a un cantante de ópera le den este honor”, aunque también admitió lo que había sido evidente: “de vez en cuando me sale lo tenor, pero lo demás sale a ranchero”. Y para que siguiera presente el José Alfredo que bañara el licor sus penas, ofreció “Pa’ todo el año” y luego una pieza hizo añorar amores y desamores a las y los presentes: “Que te vaya bonito”.

Cien años no son nada y el concierto mostraba que José Alfredo vive en todas las edades y todas las clases sociales: desde la obra hasta el aula, desde la cuna al bastón que camina lerdo”.
Chacón estaba ahí cerca de la calle 5 de Mayo, por donde José Alfredo pasaba rumbo a Dolores, no sin antes hacer escala en la cantina que en esa rúa existió. Y qué más honor a ese recuerdo al cantar estar en el rincón de una cantina, y estar tan lejos de nosotros con “La enorme distancia”.
Hubo un cantante que llevó una creación joséalfrediana a escenarios del mundo y así lo señaló Chacón con “La media vuelta”. La concurrencia, especialmente la más joven, estalló en júbilo. Vendía una pieza de reto social: “Si nos dejan” y una de las historias más simbólicas: “El caballo blanco”.

Aquello pedía a gritos una buena parranda.
Arturo Chacón había abierto con los cartuchos de mayor calibre y en el encore habría de salir del repertorio Joséalfrediano para lucir su esplendor de tenor con “Granada”, obra excelsa de Agustín Lara, “un gran amigo de José Alfredo”; cuando cantó “Cielito lindo” la explanada de la Alhóndiga de Granaditas se convirtió en un juego de luz creado con los foquillos de los teléfonos celulares.
Ahí se lució el tenor que enmendó camino y cerró con el de Guanajuato para recordar que, aunque no valga nada, se apuesta la vida.
José Alfredo seguramente pasó por ahí, se tomó un trago más y se fue allá tras lomita, donde está su pueblo adorado.


