
Guanajuato, Guanajuato.- Aunque cada vez con más controles para garantizar la seguridad, la fiesta tejocotera se mantiene en la tradición de la comunidad de Santa Rosa de Lima. Sábado y domingo fueron los momentos para que bailables folklóricos, su propia versión del grito de independencia y luego las “guerrillas tejocoteras” preludiaran el final del festejo: la toma de la Alhóndiga de Granaditas.
Se cumplió de nueva cuenta la leyenda popular serrana de que en 1864 el emperador Maximiliano de Habsburgo pasó por ahí y los lugareños le explicaron con una representación cómo fue la toma de la Alhóndiga de Granaditas y lo repitieron los siguientes años. La revolución iniciada en 1910 interrumpió la tradición y la retomó don Tomás Ulloa en 1934. Ahora sus descendientes la prosiguen.

Sábado de grito
La fiesta comenzó el sábado. Los lugareños realizaron desfiles, presenciaron bailables folklóricos y concluyeron con el grito de Dolores, dado por la presidente municipal Samantha Smith, quien habría de explicar que “así como Chavela Vargas nació donde le dio su (silencio) gana, los guanajuatenses damos el grito cuando nos da nuestra (silencio) gana”.

Esa noche revisaron las viejas escopetas de chispa para que sólo las autorizadas pudieran ser detonadas al día siguiente.
Domingo de boda (cheda)

El domingo, el ceremonial: desfile desde la cruz a la vera de la carretera y subida por la calle principal del poblado, hasta su zona más alta, en la capilla, donde recordaron a los tejocoteros fallecidos recientemente.
Luego, las guerrillas, en las que el actor y músico Primo Lata leía previamente las cartas de intimidación que Miguel Hidalgo envió a al intendente Antonio de Riaño y Bárcena. Esta vez sí hubo Miguel Hidalgo –sumada a la de Ignacio Allende- y dos niños hacían representación de Juan Aldama y Mariano Jiménez.
Acabado el parlamento, una representación de Juana Gabina, la mujer de El Pípila, abría brecha con una hoz y le seguía la “carga” de caballería, para luego ir tomando las posiciones de los realistas, en una escenificación que representa el camino que partió de Dolores, siguió a San Miguel el Grande, Luego a Celaya e Irapuato para terminar en Hacienda de Burras, cerca de la ciudad de Guanajuato.
Las guerrillas se realizaron entre los estruendos de los cañoncillos y de las pocas escopetas autorizadas. La cerveza, el mezcal y el licor de membrillo fluyeron entre la tropa, mientras las parejas le daban gusto al cuerpo al ritmo de sones sinaolenses o valonas michoacanas como “Juan Colorado”, sin faltar la clásica “El Pávido Návido”.
Al llegar al tapanco construido cerca del templo, se simbolizó la entrada a la ciudad. Ahí el “cura” Adrián Herrera leyó la proclama de Riaño, en la que anunciaba la defensa de la ciudad encerrándose en la Alhóndiga de Granaditas y mandó mensaje de auxilio a Félix María calleja, que estaba en San Luis Potosí.
Las topas insurgentes avanzaron entre estruendos de cañones y escopetas, tambores de guerra y bebidas espirituosas, en un ínter hacia la capilla de la Cruz, donde un jinete y un parroquiano se liaron a golpes porque uno acusó de ser golpeado por el caballo y el otro de que se le atravesaron sin respetar las vallas de contención hechas con lazos movidos por voluntarios. Desahogaron sus ansias bélicas por unos momentos entre gritos de sus histéricas acompañantes.

En la parte baja realizaron un gran baile de todos contra todas y se fueron al fatal desenlace. Para ese momento fue más notoria la disminución de espectadores foráneos. La baja de asistentes al Festival Internacional Cervantino le pegó también a la fiesta tejocotera.
La toma de la Alhóndiga de Granaditas
El camino de la batalla continuó hacia el campo cercano a la secundaria del lugar, donde se coloca un tapanco que representa a la Alhóndiga de Granaditas. Tras intercambio de fuego y la imposibilidad de la tropa insurgente de tomar el castillo, finalmente aparece el Pípila con su loza en la espalda, quien le prende fuego. Un castillo de pirotecnia representa ese momento.
La Alhóndiga es tomada. A diferencia de la historia, donde los resistentes fueron masacrados sin piedad, en esta versión popular son fusilados. Ya para entonces la espiritualidad etílica pide los estertores de música para cerrar con baile, romper la taza, irse para su casa y curársela al día siguiente.


