El país que aprendió a depender de una tarjeta sin dejar de ser pobre

Los programas sociales alivian la economía de millones de familias, pero persisten las carencias en salud, seguridad y empleo, mientras la corrupción alcanza al gobierno de la Cuarta Transformación

Por Wintilo Vega.

Crónica de millones de familias que reciben un alivio real, pero continúan buscando médicos, medicinas, empleo protegido, agua, vivienda, justicia y calles donde regresar con vida; y de un régimen que lleva más de siete años gobernando, ya no puede culpar al pasado y pretende cubrir con depósitos la corrupción que comenzó a crecer dentro de su propia transformación.

EL CAJERO DONDE LA POBREZA CONTIENE LA RESPIRACIÓN

La mujer introduce la tarjeta y espera. Toda la pobreza de su casa cabe en la pantalla: las pastillas partidas para que duren, el refrigerador donde solamente envejece una jarra de agua, los zapatos abiertos del nieto y el recibo que amenaza con apagar la luz. Cuando el cajero se abre no ocurre un milagro; solamente retrocede unos días la fecha del naufragio.

Los apoyos importan. Negarlo desde una mesa abastecida sería cruel. Una pensión evita hambre; una beca puede impedir el abandono escolar. La tarjeta no es el enemigo. El enemigo es el país roto que la espera afuera.

El depósito llega solo. No trae al médico ni encuentra la medicina. No llena la llave, abarata la vivienda, mejora la escuela ni convierte la informalidad en trabajo con derechos. México puede destinar casi un billón de pesos al bienestar y mantener a millones trabajando sin seguridad social, jubilación ni defensa frente a la enfermedad. Les entrega dinero para resistir, pero no un camino para dejar de necesitarlo.

La tarjeta tampoco compra tranquilidad. No acompaña a una muchacha, impide una extorsión, encuentra a un desaparecido ni protege al comerciante que ignora quién llegará primero: el cliente o el cobrador criminal. Un gobierno puede depositar para la comida y abandonar a la familia frente a la bala. El bienestar que no permite volver a casa es supervivencia con logotipo.

LOS QUE PROMETIERON BARRER TERMINARON ESCONDIENDO LA BASURA DEBAJO DE SU PROPIA ALFOMBRA

Andrés Manuel López Obrador llegó empuñando una escoba y prometiendo purificar la República. Durante seis años todas las ruinas tuvieron el mismo culpable: antes robaban. Faltaban medicinas, seguridad, crecimiento y justicia porque antes robaban. El pasado se convirtió en una fosa inmensa donde el gobierno enterraba cada fracaso antes de que comenzara a oler.

Entonces apareció Segalmex. El organismo creado para alimentar a los pobres terminó atrapado entre contratos irregulares, documentos falsos y miles de millones sin aclarar. No fueron únicamente cifras: fueron platos vacíos financiando negocios, niños con hambre pagando privilegios y campesinos contemplando cómo otros cosechaban el presupuesto.

Después surgió el huachicol fiscal: combustibles cruzando aduanas con documentos falsos, impuestos evaporados y una red investigada que alcanzó mandos navales y funcionarios. Mientras el gobierno repartía apoyos, miles de millones destinados al erario desaparecían entre buques, ferrotanques y oficinas. La corrupción ya no perforaba ductos: atravesaba las puertas del Estado.

Claudia Sheinbaum heredó la banda, la estructura y las sombras. Su gobierno ha presentado denuncias y sanciones, pero no basta perseguir algunos casos mientras las preguntas que alcanzan al movimiento encuentran murallas. Ya no gobiernan Peña Nieto ni Calderón. Morena ha tenido Presidencia, mayorías, dinero, instituciones y tiempo. Después de más de siete años, la corrupción de la Cuarta Transformación ya no es herencia: tiene domicilio en el presente.

NINGÚN DERECHO DEBE VENIR ACOMPAÑADO DE GRATITUD

La mujer guarda los billetes junto al pecho y se aleja mirando atrás. Continúa sola frente a la enfermedad, la inseguridad y el empleo precario. Ésa es la tragedia: el depósito alivia el día mientras el país le clausura el mañana.

Los programas no pertenecen a Morena, López Obrador ni Claudia Sheinbaum. Se pagan con los impuestos de los mexicanos. Son derechos, no regalos; obligaciones, no favores electorales. Nadie debería votar con miedo a perder una pensión ni sentir que dentro de la tarjeta viene escondida una orden.

Soy Wintilo Vega Murillo y escribo desde Guanajuato, donde millones esperan una transferencia porque llevan demasiados años esperando algo mayor: un Estado que funcione. No cuestiono la mano que recibe; cuestiono al poder que convirtió esa fila en paisaje electoral y pretende que el dinero repartido absuelva la corrupción, la violencia y el abandono.

La pobreza no terminará cuando todos tengan tarjeta. Comenzará a morir cuando trabajar permita vivir, enfermarse no signifique arruinarse, la escuela abra el futuro, el agua salga de la llave y regresar vivo deje de parecer una hazaña. Porque un gobierno puede llenar millones de cuentas mientras deja vacíos hospitales, fiscalías y calles; puede depositar bienestar mientras, afuera del cajero, la corrupción y la muerte continúan esperando a los beneficiarios.

Vía: lanoticiaalpunto.com

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