Ernesto Prieto: Morena frente al espejo de sus propias contradicciones

Esaú González y Wintilo Vega… Comentando de Política… Podcast

En “Esaú González y Wintilo Vega, comentando de política” recibimos al diputado federal Ernesto Prieto Gallardo para una conversación sin zonas de comodidad. Salamanca, las disputas internas de Morena, los recién llegados, las candidaturas de 2027, Claudia Sheinbaum y la sombra política de López Obrador, los programas sociales, Rubén Rocha Moya, las campañas anticipadas, Guanajuato y hasta sus propias aspiraciones aparecieron sobre la mesa. Prieto hizo algo que comienza a escasear en la política: aceptó las preguntas incómodas, respondió, discrepó y permaneció sentado. No fue una entrevista para construirle un altar ni para conducirlo al paredón. Fue política hablando de política.

CUANDO LAS PREGUNTAS INCÓMODAS NO TERMINAN LA CONVERSACIÓN

Hay entrevistas en las que el invitado llega preparado para contestar únicamente aquello que desea escuchar. Trae cifras aprendidas, tres frases ensayadas y una colección de puertas de emergencia para escapar en cuanto aparece una pregunta peligrosa. Con Ernesto Prieto ocurrió otra cosa. Desde el comienzo reconocimos una característica que vale la pena destacar: es uno de los cuadros de Morena en Guanajuato capaces de entrar al debate, sostener sus argumentos, recibir el golpe de una pregunta incómoda y responder sin convertir inmediatamente al entrevistador en enemigo.

Y no hubo calentamiento.

La primera discusión importante fue sobre el poder. Después del segundo informe presidencial pusimos sobre la mesa una pregunta que atraviesa al nuevo régimen: ¿Claudia Sheinbaum gobierna ya completamente con su propia autoridad o continúa proyectándose sobre Palacio Nacional la enorme sombra política de López Obrador? Prieto no intentó borrar al expresidente. Reconoció que su liderazgo permanecerá por tratarse del fundador del movimiento, pero sostuvo que la dirigente actual es Claudia Sheinbaum y que el morenismo debe cerrar filas alrededor de ella.

Después bajamos de Palacio Nacional a Salamanca y la conversación adquirió temperatura local.

Prieto defendió el arraigo como condición política para pretender gobernar una comunidad. No le basta que alguien pueda acreditar formalmente los requisitos constitucionales de residencia. Para él, gobernar Salamanca exige conocer sus raíces, sus necesidades, su historia y desarrollar una pertenencia verdadera. Cuando se le preguntó qué ocurriría si una aspirante con la que mantiene diferencias ganara la encuesta de Morena, no buscó una respuesta diplomática: reconoció que no quisiera encontrarse en ese escenario.

De ahí surgió una discusión todavía mayor: Morena se ha convertido en una fuerza atractiva para personajes procedentes de otros partidos y para políticos que descubren nuevas posibilidades conforme crece electoralmente el movimiento. Prieto dio la bienvenida a quienes llegan, pero puso una condición: deben formarse. No considera aceptable aterrizar en Morena y pretender inmediatamente ocupar los primeros lugares de la fila.

La reflexión toca una herida que Morena deberá resolver rumbo a 2027. Un partido que crece necesita abrir puertas, pero también corre el riesgo de convertirse en refugio de quienes simplemente buscan dónde continuar una carrera política. Prieto, fundador y exdirigente estatal, lo dijo desde su propia posición: quienes comenzaron el movimiento tienen la obligación de impedir que termine pervirtiéndose.

Y las diferencias internas aparecieron sin necesidad de buscarlas demasiado. En Salamanca se habló incluso de dos asambleas realizadas simultáneamente, una reconocida por la estructura partidista y otra cuestionada por Prieto, quien sostuvo que ese tipo de decisiones no contribuyen a la unidad.

Morena quiere gobernar Guanajuato. Pero antes tendrá que decidir si verdaderamente quiere hacerlo unido.

MORENA TIENE ADVERSARIOS AFUERA, PERO TAMBIÉN CUENTAS PENDIENTES ADENTRO

La conversación llegó inevitablemente a Ricardo Sheffield. Prieto reconoció que durante años tuvieron diferencias importantes. Hoy, aseguró, no existe entre ambos ningún acuerdo político, aunque tampoco una mala relación. Comparten, dijo, la necesidad de cuidar un proyecto que considera con posibilidades reales de convertirse en alternativa frente a décadas de gobiernos panistas en Guanajuato.

Eso probablemente explique buena parte de los movimientos que veremos durante los próximos meses. Morena tiene posibilidades electorales que hace algunos años parecían remotas, pero también demasiados grupos convencidos de que esas posibilidades les pertenecen.

Llegó después Malú Mícher y aquella declaración sobre el origen de los recursos destinados a los programas sociales. Prieto evitó golpear a su compañera, pero dejó una frase suficientemente clara: quienes tienen una responsabilidad política deben pensar las cosas antes de decirlas.

También pusimos sobre la mesa las campañas adelantadas. Prieto defendió que Morena haya establecido internamente restricciones para impedirlas y aceptó un principio que deberá recordarse cuando lleguen las denuncias: si se acredita ante la autoridad electoral que algún integrante de su partido violó la legislación, debe ser sancionado.

Después apareció Rubén Rocha Moya.

Fue probablemente uno de los momentos de mayor confrontación política de la conversación. Prieto cuestionó la actuación estadounidense alrededor de la solicitud de detención con fines de extradición y defendió la manera en que Claudia Sheinbaum enfrentó la crisis. Nosotros planteamos otra cuestión: el enorme desgaste provocado cuando Morena moviliza políticamente a su militancia para defender situaciones que después terminan modificándose.

Y entonces Prieto concedió algo importante. Consideró que Rocha Moya se equivocó al regresar a ejercer la gubernatura y habló de decisiones recientes erráticas y desafortunadas. Para un diputado de Morena no es una afirmación menor.

Eso fue precisamente lo que hizo interesante el intercambio. No pretendíamos que Prieto dejara de ser morenista durante una hora. Tampoco que la conversación se convirtiera en una sucesión de elogios o condenas. Se trataba de hacer lo que corresponde cuando se habla de política: preguntar, confrontar argumentos, poner contradicciones sobre la mesa y permitir que el invitado las responda.

Porque una entrevista política sirve muy poco cuando únicamente confirma aquello que invitado y entrevistador ya habían acordado pensar.

EL 2027 YA SE ASOMA, Y PRIETO TAMPOCO CIERRA LA PUERTA

Llegamos finalmente a Guanajuato, los resultados federales y el futuro.

Prieto defendió la coordinación entre Federación y Estado en materia de seguridad y habló de una disminución de homicidios dolosos, aunque reconoció que la percepción de inseguridad continúa elevada y que falta mucho por hacer. Después enumeró programas federales destinados a Guanajuato: pensiones para adultos mayores, becas educativas y otros apoyos sociales.

Pero una conversación política en 2026 difícilmente puede hablar durante tanto tiempo de Guanajuato sin que termine apareciendo 2027.

Y apareció.

Le preguntamos directamente a Ernesto Prieto si le gustaría ser gobernador.

No dijo que sí. Pero tampoco dijo que no.

Respondió que no descarta nada, aunque sostuvo que éste no es el momento para pensar en ello. Recordó que dirigió Morena durante siete años, que conserva liderazgo estatal, que mantiene compañeros y relaciones políticas en los 46 municipios y que continúa recorriendo Guanajuato.

En política, los silencios cuentan. Y los “no descarto nada” también.

Prieto sabe que antes de cualquier aspiración personal existe una elección intermedia en 2027 y una batalla mucho más inmediata por municipios, diputaciones y espacios de poder. Él mismo dijo estar valorando si buscará reelegirse como diputado federal o participará por otro espacio.

La conversación permitió también regresar a sus orígenes. Contó que desde niño acompañaba a su padre a actos de Porfirio Muñoz Ledo, Cuauhtémoc Cárdenas y el Frente Democrático Nacional; recordó la participación política de Ernesto Prieto Ortega y explicó que su interés por lo público nació dentro de aquella historia familiar. Para él, dijo, la política debe reivindicarse como instrumento de servicio y construcción de bienestar, no confundirse con sus deformaciones: corrupción, mentira y engaño.

Al final todavía hubo tiempo para hablar de sus iniciativas legislativas, desde su propuesta relacionada con el natalicio de Miguel Hidalgo hasta una iniciativa para evitar que alimentos todavía aprovechables sean deliberadamente inutilizados cuando podrían destinarse a personas que los necesitan.

Y así terminó una conversación larga, por momentos incómoda y muchas veces divertida.

Esaú González y un servidor no invitamos a Ernesto Prieto para construirle un altar ni para conducirlo al paredón. Lo invitamos para hablar de política.

Hablamos de su Presidenta y de López Obrador. De Morena y de sus pleitos. De Salamanca y sus aspirantes. De Sheffield, Malú Mícher, Rocha Moya, las campañas adelantadas, los programas sociales, Guanajuato y su propio futuro.

Prieto defendió lo suyo. Nosotros pusimos sobre la mesa las preguntas que consideramos necesarias. Hubo momentos en que coincidimos y otros en que vimos los temas desde ángulos distintos.

Pero nadie pidió apagar los micrófonos.

Y quizá ahí esté lo más rescatable de este episodio de “Esaú González y Wintilo Vega, comentando de política”. En tiempos donde demasiados políticos confunden una entrevista con un espacio de promoción y una pregunta incómoda con una declaración de guerra, Ernesto Prieto aceptó algo mucho más elemental y mucho más democrático: sentarse, escuchar y responder.

No obliga a estar de acuerdo con él.

Obliga, cuando menos, a discutir con él.

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