Mirada de hijo

abelrojas

Opinión.- Eso que identificamos como sentimientos hacia nuestros padres es una red intrincada de aprendizajes, condicionamientos, adoctrinamientos y vínculos no identificados que nos llevan a asumir posturas extremas: todo bueno o todo malo.

No son sólo reacciones bioquímicas las que dictatorialmente inciden en los sentimientos, para que veamos a nuestros padres sin la objetividad con la cual abordamos cualquier otro asunto.

Es tal la maraña que llevamos con nosotros que frecuentemente somos injustos con quienes nos dieron la vida, porque o los consideramos cuasi santos o crueles tiranos a quienes les responsabilizamos de nuestros fracasos.

Con ello nos desproveemos de las condiciones para establecer una relación madura, sabia, que sea la vía que nos capacite a  comprender el actuar de nuestros padres, y a su vez entender cómo nuestro pasado nos ha colocado en la posición que estamos.

Para lograrlo, es importante no soslayar la historia y orientación que tuvieron las sociedades que los forjaron.

Por ejemplo, en el caso de sociedades como la mexicana olvidamos que hace apenas un par de décadas la mayoría de la población provenía de extracción rural, que nuestros padres y abuelos fueron formados bajo el principio absoluto que marcaba nuestras vidas resumido en la frase: “los hijos que Dios nos dé”.

Además de que la sociedad de la cual provenimos estuvo siempre gobernada durante décadas por un solo partido político y el monopolio televisivo forjó a sus anchas las mentes de chicos y grandes.

Por otra parte, hay que agregar que en el ámbito internacional el planeta estuvo fragmentado en dos grandes bandos irreconciliables: el capitalismo, encabezado por Estados Unidos, contra el comunismo, cuyo líder fue la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

La división entre economías de  mercado y economías estatales crearon un ambiente de buenos contra malos, un entorno falso de la libertad contra el despotismo. En fin, la atención se concentró en una polarización que ocultó parcialmente las condiciones de opresión en occidente que afloraron a finales del siglo XX.

Aunado a esa pugna política internacional, fue desarrollándose una enorme revolución tecnológica que tomó por sorpresa a muchos de nuestros padres. Acostumbrados a los sistemas mecánicos, la irrupción de la informática implicó un impacto brutal para las generaciones que no estaban preparadas para el cambio. Las transformaciones generadas por la expansión de la computación fueron seguidas por avances en la medicina, la industria espacial, el acondicionamiento físico… en todo.

Las alteraciones en los contextos nacional e internacional implicaron una mayor presión sobre nuestros padres, desarrollándose una tensión intergeneracional que fue obstaculizando el diálogo, el intercambio de saberes y la búsqueda solidaria de soluciones a los problemas, por la polarización entre quien detentaba el conocimiento: los viejos o los jóvenes.

Mientras los fenómenos sociales ocupaban la atención pública, sin tanto ruido se fueron rescatando abordajes a la interioridad del ser humano que habían quedado eclipsadas por las Guerras Mundiales y luego por la Guerra Fría, pero los esfuerzos por aproximarnos a las escuelas orientales y rescatar el saber antiguo ganaron terreno. No bastó con estar informado, sino que empezó a entenderse la necesidad de entrar a los campos de la consciencia.

Por si fuera poco, a toda la maraña anterior hay que adicionarle las particularidades de cada descendencia, por ejemplo el creciente número de familias mono y homo parentales, el alto volumen de familias cuyo principal sostén es la mujer, el avance en la cultura de la equidad de género, las nuevas modalidades de violencia intrafamiliar; en unos cuantos años lo que parecía estático se convulsionó hasta llegar a nuestros días.

Y después de este recuento estamos aquí preguntándonos cómo poder establecer relaciones equilibradas con nuestros padres, precisamente en los años en que la paternidad también nos alcanzó y ya experimentamos la dificultad de establecer puentes de comunicación con nuestros hijos. La respuesta es una sola: desde el amor, sin prejuicios… sólo desde el amor.

“Es tal la maraña que llevamos con nosotros
que frecuentemente somos injustos
con nuestros padres,
porque o los consideramos cuasi santos o crueles tiranos”
Abel Pérez Rojas.

Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com / @abelpr5 / facebook.com/PerezRojasAbel) es poeta, comunicador y doctor en Educación Permanente. Dirige: Sabersinfin.com

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