
Irapuato, Guanajuato.- Elvira Ávila Falcón repite la misma promesa: no abandonar jamás a su hijo. Lo dice con la voz firme, aunque cargada de cansancio. Lo dice después de años de preocupación, de lágrimas silenciosas y de noches en vela pensando en cómo rescatar al mayor de sus tres hijos de las drogas.
Es mi hijo y aunque sea el más malo del mundo, no deja de ser mi hijo, expresó con una mezcla de dolor y ternura que sólo una madre puede entender.
A sus más de 60 años, Elvira asegura que la maternidad ha sido la experiencia más hermosa de su vida. Recordó con emoción aquel momento en que supo que sería madre por primera vez. Es una felicidad bien hermosa, es lo mejor que puede vivir uno de mujer, comentó.
Sin embargo, el paso del tiempo le enseñó que ser mamá nunca termina. Aunque sus hijos ya son adultos, el mayor de 45 años y la menor de 33, las preocupaciones siguen creciendo. Hoy enfrenta una de las pruebas más difíciles: ver a su hijo atrapado por las adicciones.
Con crudeza, pero sin perder el amor, lo describe como el más grande y el más tonto, no por falta de cariño, sino por impotencia ante una situación que ha golpeado a toda la familia.
Elvira recordó que cuando descubrió el problema, su primera reacción no fue el rechazo, sino el apoyo. ¿Qué pasó por mi mente? Apoyarlo, porque no deja de ser mi hijo, relató.
Su hijo, al igual que sus otros dos hijos, se dedica al comercio. Es muy trabajador, pero tonto a la vez, dijo resignada, consciente de cómo las drogas pueden destruir incluso a quienes luchan por salir adelante.
Pero la batalla no termina ahí. Además de preocuparse por su hijo, también cuida de sus nietos. Tiene 15 nietos y uno más adoptado, a quien quiere igual como si fuera mío. Para ella, los niños son víctimas silenciosas de las adicciones de los adultos.
Mis nietos no tienen la culpa de tener un papá así, afirmó.
La mujer reconoció que la situación actual la mantiene alerta permanentemente. Considera que las drogas han invadido todos los espacios, incluso las escuelas. Las drogas ya se venden como si fueran tortillas, lamentó.
Por eso, aprovecha cada oportunidad para enviar un mensaje a otras madres: no ignorar las señales.
Tenemos que estar bien al pendiente de ellos. Hay mamás que hasta se molestan cuando les dicen que sus hijos consumen, pero uno tiene que creer y actuar, aconsejó.
A pesar de la tristeza, Elvira se aferra a los momentos felices. Dijo que incluso ahora, cuando su hijo sale del anexo, aún logran vivir instantes maravillosos en familia. Esos recuerdos son los que alimentan su esperanza y le permiten seguir adelante.
Con fe inquebrantable, aseguró que sólo le pide ayuda a Dios para soportar esta etapa. Porque aunque las adicciones le han arrebatado tranquilidad, no le han quitado lo más importante: el amor incondicional de madre.
Y mientras exista ese amor, doña Elvira seguirá esperando que algún día su hijo pueda regresar definitivamente a casa, libre de las drogas y abrazado nuevamente por la familia que nunca dejó de creer en él.


