
Abasolo, Guanajuato.- Georgina Vargas cargaba por varios kilómetros valdes de 20 litros para llevar agua a sus siete hijos, inclusive buscaba algún charco en el piso para poder lavar la ropa sucia y así poder vestir adecuadamente a su familia.
Por años, antes de que el agua llegara a las casas de la comunidad de Peralta, en Abasolo, la vida para muchas mujeres comenzaba desde muy temprano con la búsqueda del liquido vital, sin importar lo lejos que estuviera o lo pesado de los valdes, lo importante era que el agua no faltara en el hogar.
Entre esas mujeres estaba Gregoria Vargas, una madre de siete hijos que hoy recuerda aquellos años difíciles con serenidad, orgullo y una sonrisaque no pierde pese al cansancio acumulado de toda una vida dedicada al hogar.
Yo quería 15 hijos, dice entre risas mientras mira a su hija Reina, la menor de sus hijos y quien ahora la acompaña. Finalmente fueron siete: Estefanía, la mayor, y José, el más pequeño, además de otros cinco hijos que crecieron entre las carencias del campo y el esfuerzo cotidiano de sus padres.
Su esposo trabajaba en las labores agrícolas, mientras ella se dedicaba completamente a la casa y a sacar adelante a los niños. Pero la tarea no era sencilla.
Gregoria recordó que una de las labores más pesadas era conseguir agua.No había tuberías ni llaves dentro de las viviendas. Había que caminar largas distancias cargando cubetas y botes para poder cocinar, lavar y darle de beber a la familia.
Iba uno donde hubiera agua, en pozos o hasta en charcos cuando no había de otra, relata.
La escena era común en aquellos años: mujeres lavando ropa bajo el sol, con los hijos pequeños sentados a un lado mientras el polvo, los mosquitos y el calor acompañaban la jornada.
Aparábamos agua de las tejas para tomar y para hacer la comida, recordó.
Cada viaje implicaba cargar varios recipientes de aproximadamente 20 litros. A veces eran dos o tres recorridos diarios por caminos de tierra. La distancia, explicó, era equivalente a caminar desde el centro de Abasolo hasta las instalaciones del Seguro Social.
Pese a todo, Gregoria aseguró que el tiempo pasó rápido.
Fue un abrir y cerrar de ojos y ya eran adultos, comentó con nostalgia.
Entre las memorias más vivas que conserva están las travesuras de sus hijos cuando correteaban entre las gallinas y rompían los huevos jugando.
Les decía: Ahora van a ver qué van a comer, recordó divertida.
Hoy, ya con sus hijos casados y formando sus propias familias, Gregoria sintió que el mayor premio de tantos años de sacrificio es verlos convertidos en personas responsables y trabajadoras.
Ese es mi orgullo, que son buenos hijos y que todavía están al pendiente de uno, afirmó.
Para ella, el secreto de la maternidad no está en el dinero ni en las comodidades, sino en algo mucho más sencillo: la paciencia.
Hay que tener paciencia, apoyar a los hijos y platicar con ellos, aconsejó a las madres jóvenes.
Gregoria habla pausado, como quien aprendió a resistir sin quejarse demasiado. Sus recuerdos no están llenos de lujos ni de facilidades, sino de jornadas pesadas, cubetas con agua, ropa lavada en charcos y niños creciendo alrededor suyo.
Aun así, cuando habla de su vida, lo hace con orgullo. Porque para ella, la maternidad nunca fue una carga, sino la historia más bonita que le tocó vivir.

