
Émile Durkheim, en su obra clásica El suicidio (1897), demuestra que el suicidio no es un acto puramente individual o psicológico, sino un “hecho social”; esto es: la persona que decida atentar contra su vida lo hace tras un proceso de aprendizaje y su acto es una forma de relación con otros seres humanos. Al tener esas características, tiene otra implicación: puede ser imitado; esto es, se trata del resultado de un proceso de vinculación social y no es un hecho meramente individual.
El autor argumenta que las tasas de suicidio están determinadas por el grado de integración (vínculos con la sociedad) y regulación (control de las normas) que ejerce la sociedad sobre el individuo.
Para llegar a esa conclusión, Durkheim descarta que el suicidio sea causado por factores psicopatológicos (locura), herencia, raza o factores ambientales como el clima. Analiza datos estadísticos y demuestra que las tasas de suicidio varían según variables sociológicas como la religión, el estado civil y la economía.
Plantea cuatro tipos de suicidio:
Suicidio egoísta, derivado de una baja integración social, cuando el individuo está aislado, carece de apoyo comunitario y siente que su vida carece de sentido.
Suicidio altruista, causado por una integración social excesiva. El individuo se sacrifica voluntariamente por el bien del grupo o por cumplir con el deber social.
Suicidio anómico, que es resultado de una falta de regulación social; sucede en momentos de crisis económica o cambios sociales bruscos, donde las normas colapsan, los deseos se vuelven ilimitados y sobreviene la frustración.
Suicidio fatalista, provocado por una regulación social extrema; el individuo sufre una opresión aplastante que le quita toda esperanza de futuro.
Y agrega un elemento: a partir de los anteriores, el suicidio o su intento es también resultado de un proceso de imitación. Cada determinación sirve de referente para quienes deciden acabar con su vida.
La obra tiene casi 230 años de haber sido publicada y aunque hay nuevos estudios que cuestionan algunas interpretaciones y aportan elementos acorde a tiempos más recientes. Sigue vigente.
Lo anterior ayuda a explicar un fenómeno: personas que se lanzan o intentan lanzar desde los puentes elevados de la ciudad de León.
Los caos fatales más recientes son los de un policía que el 14 de julio pasado se lanzó desde el puente más alto del distribuidor vial Juan Pablo II. Este domingo 3 de agosto por la noche otra persona tomó la misma decisión y también murió.
En ese lapso, automovilistas han frustrado otros tres intentos de suicidios. El tema no era nuevo: el 18 de enero, una joven de20 años de edad se lanzó desde el llamado Puente del Amor, ubicado en la Calzada de los Héroes sobre el Malecón del Río de los Gómez. Y un dato importante: también fue un domingo. Las estadísticas contemporáneas señalan que la mayor parte de los suicidios o intentos de suicidio se registran en temporada navideña. Son datos a considerar.
Suicidio y testimonio
En diversos casos la persona que decide acabar con su vida deja un mensaje póstumo. Así lo hizo el policía y el hecho llevó a una reflexión social y desde los gobiernos a analizar la salud mental de los uniformados, aunque minimizan otro hecho que es fundamental: la decisión no es una acción meramente personal, es derivada de una dinámica social. Durkheim lo explica en su obra.
Los planteamientos políticos y de amplios sectores de la sociedad mantienen una postura limitara e, incluso, errónea: el problema es quien se suicida, olvidándose que la determinación obedece a una circunstancia de valores sociales y relaciones con la o las colectividades donde se desenvuelve las personas.
En los espacios informativos emiten un juicio hacia los protagonistas del suicidio y omiten que también tenemos que revisarnos como sociedad. Juzgaron al policía, pero poco o nada analizan las condiciones en las que se desenvuelven quienes optan por acabar con su insistencia.
Es tiempo de cambiar enfoques de abordaje: toda acción individual es una acción social. Atribuirla a una persona es una burda, inútil y soberbia forma de evadir la responsabilidad que como sociedad tenemos.

