
Abasolo, Guanajuato.- Mayra González, una artesana abasolense que ha convertido la herencia familiar del comercio en una forma de vida donde cada vela que fabrica lleva también una historia. La artesana aseguró que el espíritu emprendedor la acompaña desde la infancia. “Desde niña siempre he vendido cosas”, recordó con una mezcla orgullo y nostalgia.
Aquella primera experiencia ocurrió en la primaria, cuando comenzó a ofrecer productos por catálogo que las escuelas distribuían entre alumnos para recaudar fondos, sin imaginar que años después terminaría construyendo su propio universo artesanal.

Pero la semilla del comercio venía desde mucho antes. En la memoria familiar permanece viva la figura de su bisabuela Francisca, una mujer comerciante que tuvo una tienda de abarrotes y una cremería en el centro de la ciudad. “Como que eso ya se heredaba”, comentó Mayra, convencida de que algunas vocaciones se aprenden observando.
Con el paso de los años, aquella niña vendedora se convirtió en una mujer “multiartesana”, como ella misma se definió. Además de elaborar velas, trabaja figuras de yeso, macetas decorativas, jabones artesanales y hasta chocolates de leche. Su taller no sólo es un espacio de producción, sino también de imaginación constante.
La artesanía llegó de manera natural. Todo comenzó elaborando centros de mesa y adornos para los cumpleaños de sus hijos. Después vinieron los cursos, la curiosidad y la necesidad de aprender nuevas técnicas. “Cuando empecé las velas fue así de ‘pues a ver’… y ya me empezó a gustar”, relató.

Lo que inició como un experimento terminó convirtiéndose en un oficio que hoy también comparte con otras mujeres mediante clases y talleres. Aunque utiliza moldes para algunas piezas, Mayra insiste en que el verdadero valor artesanal está en el toque personal. “Aunque sea el mismo molde, cada quien le pone su detalle, su color, lo hace a su gusto y eso diferencia un trabajo de otro”, explicó.
Sin embargo, detrás de cada figura decorativa existe un proceso mucho más complejo de lo que muchos imaginan. A veces los moldes fallan, se rompen o los proveedores tardan en surtir materiales. Entonces comienza la carrera contra el tiempo: reparar, rehacer o improvisar estrategias para cumplir con los pedidos.
Pero el reto más grande no está en la producción, sino en el reconocimiento al trabajo artesanal.
Mayra habló con sinceridad sobre una realidad que enfrentan muchos creadores locales: el regateo constante. “Van a las tiendas departamentales y no regatean, pero con los artesanos sí”, lamentó.
Considera injusto que muchas personas prefieran productos industrializados y económicos antes que piezas hechas a mano. “Lo artesanal lleva corazón”, afirmó mientras describe cómo cada creación nace de la imaginación y del tiempo invertido por quien la elabora.
Pese a las dificultades, Mayra mantiene intacta la pasión que la impulsa desde niña. Entre velas aromáticas, flores de yeso y jabones decorativos, continúa demostrando que la creatividad también puede ser un acto de resistencia y que el comercio, cuando se mezcla con arte, termina iluminando mucho más que una habitación.

