La leyenda del templo de San Francisco de Paula

Este templo ubicado en la avenida Guerrero de la zona centro de Irapuato guarda muchas leyendas a su paso

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Irapuato, Guanajuato.- A mediados del siglo antepasado, vivió un notable caballero llamado Don Alfonso, el cual heredo una fortuna de su padre ya muerto.

Un día su tranquila y lujosa vida se vio perturbada por un misterioso acontecimiento.

Con las manos temblorosas, el rostro congestionado por la ira, el caballero preguntó a sus criados a cerca de una misteriosa carta que había encontrado debajo de su copa de vino la cuál decía: “estad preparado, debéis acudir a misa”.

Los criados se miraron sorprendidos, sin tener la menor idea de que les hablaba su amo, semanas atrás que Don Alfonso venía recibiendo esas notas misteriosas, sin saber, como llegaban a sus manos, topándose con ellas en momento menos esperado.

De pronto aumentó el misterio y las cartas se multiplicaron, hallándolas en todos los sitios y a todas horas. Al fin un día con la paciencia colmada el caballero vio una carta más y su primer impulso fue el de destruir aquel papel, la tomó para hacerla pedazos, pero de pronto sintió una extraña sensación; como si sus manos estuviesen impulsadas por una fuerza misteriosa, comenzó a abrir la carta. Sus ojos mostraron terror, asombro, duda, al leer el contenido de la carta, que ahora tenía otro mensaje: “esta noche a medianoche, debéis acudir a misa…”.

Más tarde, ya no pudiendo encontrar paz en su alma, fue a contarle lo sucedido a su confesor y amigo; el religioso le pidió la carta para ver si podía saber quién era el autor analizando la letra, pero cuando Don Alonso buscó entre sus ropas no la encontró; sin embargo para el caballero la letra le resultaba muy familiar, pero no sería hasta la misa que descubriría quien era su autor.

Dispuesto a saber quién lo citaba a medianoche, para castigarle, Don Alfonso cruzó la plaza en aquella noche. Todo estaba oscuro y silencioso, apenas el viento arrastraba murmullos lejanos, rodeando el alma del caballero, de gran presentimiento. Se acercó a la puerta de Catedral; continuaba aquel silencio; reinaba la oscuridad de la cercana medianoche.

De pronto descubrió que entre las rendijas de las grandes puertas de madera, escapaba una luz viva, Don Alfonso se disponía a tocar cuando la puerta se abrió sin hacer ruido alguno, sin que viera quien la abría; poco después se encontraba frente al altar del Perdón, en donde estaba a punto de celebrarse una misa.

Don Alfonso, sin asombro pensó que después de todo, no había sido una broma lo de aquella misa y se arrodilló en un reclinatorio que parecía estarlo aguardando; ahora solo faltaba saber para quien era esa misa. Cuando el caballero levantó la vista, ya estaba oficiando el sacerdote, un cura anciano y desconocido; todo transcurrió normalmente, los rezos eran solo un murmullo triste y apagado. En determinado momento, salió un fraile franciscano recogiendo la limosna para la hermandad, como era la costumbre.

Cerca de Don Alfonso un caballero depositó una moneda, llamándole la atención que no hiciera ruido y para que no se dijera de su nombre y de su alcurnia sacó dos monedas de oro, pero al hacerlo, las monedas resbalaron de sus manos, cayendo una de ellas al suelo, pues advirtió que las manos que sostenían la charola de las limosnas eran descarnadas: el fraile era un esqueleto; acto seguido pegó un grito de terror.

En ese momento Don Alfonso se levantó y retrocedió buscando la salida; los gritos y ruidos provocados por el llamaron la atención de los demás asistentes a la misa, que también estaban muertos.

En ese momento la puerta se abrió con un sonido escalofriante y una figura femenina apareció, sosteniendo un candelabro en cada mano y el caballero reconoció a ese espectro como su difunta madre.

Tembloroso y sintiendo que las fuerzas le faltaban continuó hacia la puerta, aquellos espantosos seres se dirigían hacia él, también buscado la salida, los seres espectrales se acercaban cada vez más hasta sentir en su rostro el  frío de los muertos, se sintió atropellar por los espectros; que sus huesos le tocaban, lo abatían y por último antes de perder el conocimiento, pegó el alarido más terrorífico que haya emitido ser alguno. Nunca supo cómo salió de ahí.

A la mañana siguiente fue encontrado a la entrada de su morada, dibujándose en su rostro un terror tal que parecía haber visto al mismísimo Lucifer; rodeado de gente despertó de su largo desmayo. Don Alfonso fue llevado a su casa por unas amables personas y ahí se quedó guardando reposo de su macabra experiencia, pero por la tarde mandó llamar a su confesor fray Miguel y le contó lo sucedido, después le pidió al religioso que hablara con el párroco para poder corroborar su historia.

Don Alfonso fue y habló con el sacerdote, el cual estaba enterado de este suceso. La historia comienza cuando el sacerdote junto con otros pasajeros, entre ellos los padres de Don Alfonso venían de un viaje , todo marchaba con tranquilidad, hasta que de repente empezó una terrible tempestad, los rayos caían tan cerca del barco que todos pensaron que iban a morir en ese momento. Entonces toda la tripulación hizo una promesa: si llegaban sanos y salvos se llevaría a cabo una misa en el altar del Perdón. Todos llegaron sanos y salvos, cada uno tomó su rumbo, el padre de Alfonso amasó una gran fortuna a lo largo de los años; pero a la hora de querer reunir a toda esa gente descubrió que todos ya estaban muertos, desgraciadamente el señor murió pocos años después.

Al escuchar todo lo anterior el sacerdote y Don Alfonso fueron a aquel altar y en efecto ahí encontraron los candelabros y la moneda.

Si visitan la Iglesia de San Francisco de Paula, o San francisquito, ubicada en la Avenida Guerrero a medianoche y ven que hay una misa, tengan cuidado de no llevarse una mala sorpresa.

El templo de San Francisquito:

Templo de “San Francisquito”, inmueble de Irapuato catalogado por INAH

 

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