«La Calabaza» -cuento-

Tomó un frasco con sal y comenzó a regarla, de tal modo que se perdía un poco con la tierra. Había muchas yerbas en una bolsa

Cuando Amalia citó a la bruja, al principio nos sacó un poco de onda, pero luego nos dimos cuentas de que era muy importante.

Esa tarde llego Antonia, la curandera, aunque la neta era la bruja del barrio. Amalia nos dijo que nos metiéramos en su cantón. Acabábamos de papiar y cada quien agarró un banquito. Los niños jugaban persiguiendo a las gallinas y el cielo comenzaba a oscurecer.

Antonia prendió unas veladoras y con ellas forma un triángulo en el suelo. Tomó un frasco con sal y comenzó a regarla, de tal modo que se perdía un poco con la tierra. Había muchas yerbas en una bolsa. De pronto dijo que prestáramos atención.

Los niños al principio no se quedaban quietos, pero a medida que iba encendiendo sus plantas aromáticas, el lugar se fue tranquilizando. Éramos casi todos los que vivíamos en aquel ranchito llamado “La Calabaza”.

La bruja no sé que tanta madre decía, parecían rezos, o algo así. De pronto yo no sentía dolor. Ni en las manos ni en las piernas. Todo era tranquilidad. Los niños iban cayendo dormidos uno a uno…

De pronto Amalia de se puso en el centro… pero ya no era Amalia… Ella nos lo dijo, era la mismísima virgencita de Fátima. La veía cómo se elevaba, sin ni siquiera tocar el suelo. No sabía cuánto tiempo había pasado. Uno de los vecinos dijo que ya llevábamos encerrados dos días, pero para mí apenas habían pasado unos cuantos minutos.

No tenía ni hambre, ni sed. De hecho me sentía mejor que nunca, sobre todo con aquella virgen que nos daba paz y tranquilidad. Pero de pronto, comenzó a gritar y a señalar a una muñeca que estaba llorando. La muñeca no paraba de llorar y aquella virgen nos decía que era un puerco, que era el mismísimo Satanás, que había poseído a la muñeca.

Entre Toño, la Juna y yo, le tapamos la boca a la muñeca, pero esta no dejaba de llorar. Una de las hijas de Juana nos la intentó arrebatar, por lo que le dimos un empujón y cayó reventándose el cráneo contra una piedra. Satanás no paraba de llorar y aquella virgen nos decía que hiciéramos algo, pronto, que teníamos que terminar con aquel ser maligno.

Con un trapo viejo se lo pusimos en la boca hasta que dejo de respirar. Pero no queríamos que volviera a despertar, por lo que decidimos tomar una hoz con las que quitábamos el quelite y nos aseguramos que ninguno de sus miembros pudieran hacernos daño.

De pronto el cielo comenzó a rugir y las paredes se movían tano que parecía que se iban a derrumbar. Un fuerte aire hacia que los árboles y las ramas se movieran con gran fuerza. Sabíamos que era una señal.

Años después nos dijeron lo que era un helicóptero, no teníamos ni idea de lo que nos hablaban, y que según el presidente un tal Vicente, pasó volando por los cielos para abrir una tal carretera que daba a la Piedad.

Ahí mismo en el cuartito había un bulto de cal y se lo vaciamos a la niña que estaba tirada afuera del jacal. La virgen se veía satisfecha, pero tenía miedo que los demás muñecos fueran a despertar poseídos por los demonios.

Cuando nos dijo que hiciéramos lo mismo que con la otra muñeca, entraron varias personas que no conocíamos. Era la policía.

Nos esposaron y nos dieron de golpes. No supimos más hasta que despertamos en la cárcel del pueblo. Dijeron que Doña Amalia estaba loca y que se la iban a llevar a un manicomio. Lo que ellos no entendían, es que ella no era Amalia… era la mismita virgen.

A mí me dieron cincuenta y cinco años, que porque según maté a Satanás… Ya pasaron quince, ya falta menos…

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