Familia irapuatense vive «pesadilla mexicana»

Héctor Adolfo Villanueva Pimentel era un irapuatense de 37 años quien había vivido casi todo el tiempo en Los Ángeles California y trabajaba como manager en un hotel. Aunque ya contaba con la residencia estadounidense, una mala jugada del destino hizo que Héctor muriera en Guasave, Sinaloa el jueves pasado.

Por la tarde, el cuerpo de Héctor llegó ala que fuera su hogar los primeros siete años de su vida. Una empresa funeraria de Sinaloa traslado el cuerpo de Héctor Adolfo a la capilla de Nuestra Señora de Guadalupe en donde fue velado.

Héctor era el hijo más pequeño de sus siete hermanos de la familia Villanueva Pimentel y ninguno de sus familiares podían creer lo que estaban viviendo. Los familiares que viajaban con el cuando fue asesinado estaban en estado de shock pues el cuerpo de Héctor aún traía misma ropa de cuando lo vieron con vida por última vez.

Según informes que reportaron el asesinato del joven irapuatense indicaban que Héctor y sus dos padres viajaban en una camioneta Dodge negro.  Salieron de Los Ángeles, con la intención de llegar el viernes a Irapuato, para quedarse  por un buen tiempo a vacacionar.

Ingresaron a México por Tijuana y desde allá tomaron la carretera Tijuana-México, que recorre Sonora y Sinaloa. De Sinaloa llegarían a Jalisco y de ahí llegarían pasarían a Irapuato.

Cerca de la comunidad Las Brisas, de Guasave, Sinaloa, cuando Héctor y su familia se encontraron, a eso de las 11 de la noche, con un supuesto retén en medio de la carretera. En ese punto había varios sujetos armados y de inmediato, Héctor y sus padres se dieron cuenta de que se trataba de un falso retén colocado por delincuentes, por lo que quisieron evitarlo, pero no pudieron.

Los tres tripulantes fueron bajados de la camioneta mientras los  delincuentes les dijeron que se trataba de un asalto. Una familiar de Héctor relató que su hermana le contó que ella le decía a los ladrones que se llevaran sus pertenencias, pero que no les hicieran nada.

Ayer, durante el velorio, la madre de Héctor traía todavía los estragos de los golpes que los sujetos le causaron, pues su nariz presentaba varias costras de sangre.

La madre de Héctor les decía a los sujetos, una vez más, que los dejaran ir, que se llevaran lo poco que traían. Los sujetos les quitaron sus celulares y sus carteras, pero según cuentan, les alcanzaron a decir que ese día no habían matado a nadie y que «para su mala suerte», Héctor era el elegido para morir para cubrir la «cuota» del día. Otras versiones apuntan a que fue una supuesta «iniciación» de un maleante.

A las 12 de la noche, según la necropsia contenida en la averiguación previa 102/2013 de la Agencia Segunda del Ministerio Público Especializada en Homicidios Dolosos, de Culiacán, Héctor fallecía por impactos de bala a la altura de su tórax. Un irapuatense moría en Sinaloa, víctima de la delincuencia.

Pero no todo quedó ahí: los padres de Héctor fueron obligados a subir a la camioneta en la que viajaban. En la caja del vehículo les subieron el cuerpo de su hijo y los obligaron a conducir por la carretera, bajo la amenaza de que si avisaban a alguien, si hacían algún movimiento extraño o si se regresaban, también los matarían.

Unas 4 horas después, los padres de Héctor pararon en una caseta de cobro ubicada en Costa Rica, Sinaloa, donde dieron aviso a las autoridades de todo lo sucedido.

La ironía de la vida es que mientras muchos inmigrantes han muerto en su búsqueda de alcanzar el «sueño americano». Héctor ya lo había alcanzado y lo estaba viviendo satisfactoriamente. Pero  Héctor vivió lo que muchos mexicanos viven y que sus familiares calificaron como «la pesadilla mexicana».

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