
Irapuato, Guanajuato.- Cada 30 de abril, se despierta una nostalgia silenciosa entre los jóvenes: el recuerdo de una etapa marcada por la sencillez, el asombro y la libertad; la niñez. En el marco del Día del Niño, no solo se celebra la infancia de quienes hoy llenan parques, escuelas y hogares con risas, sino también se develan los recuerdos de lo que fue y ya no será.
Para muchos jóvenes, crecer ha significado ganar responsabilidades, pero también perder pequeñas grandes cosas que definían la vida cotidiana. Romina, por ejemplo, no dudó en señalar lo que más añora: “el sentimiento de asombro”. Recordó que en su infancia todo era motivo de emoción. “Todas las cosas me daban emoción descubrirlas”, compartió, evocando una mirada que con los años se ha ido transformando.
En esa misma línea de recuerdos, Lilian habló de las fiestas de cumpleaños como uno de los momentos más especiales. No eran solo reuniones, sino experiencias llenas de ilusión. “Los pasteles siempre eran de algún personaje”, dijo con una sonrisa, mientras rememoró en particular el de su tercer cumpleaños: un pastel con la imagen de un gato que aún permanece en su memoria. Para Pablo, lo que se ha perdido con el paso del tiempo es la claridad mental. “Extraño la sencillez del pensamiento”, afirmó. Y es que, mientras en la niñez los problemas parecían lejanos o inexistentes, la vida adulta trae consigo una complejidad que muchas veces abruma. “Ahora la cabeza está revuelta; de niño las cosas eran simples”, resumió.
Valentina, en cambio, puso el acento en la facilidad de relacionarse. Hablar con desconocidos, hacer amigos en cualquier lugar, era algo natural. “Era fácil”, dijo. Hoy, reconoció que socializar se ha vuelto más complicado, como si el paso del tiempo también levantara barreras invisibles.
Para Eliana y Ángel, la nostalgia está ligada a la ausencia de preocupaciones. Coinciden en que la infancia representaba una libertad difícil de replicar en la adultez. “No pensábamos en el futuro”, señalaron, contrastando esa despreocupación con las responsabilidades que ahora ocupan su día a día.
Jean aportó una imagen entrañable: la rutina de las mañanas escolares. “Añoro que mis papás me levantaran, me alistaran y me llevaran al colegio”, contó. Entre risas, recordó cómo, aún dormido, era vestido y acomodado para salir de casa, con la posibilidad de seguir descansando en el trayecto. “Hoy lo tengo que hacer yo”, dijo, marcando el cambio inevitable del tiempo.
Sin embargo, si hay algo que une a todos los testimonios es la añoranza por los juegos y los juguetes. Anahí revivió con emoción aquel “huevo” que se rompía para revelar un pequeño muñeco en su interior, un objeto sencillo que desataba felicidad. Laura, por su parte, recordó los juegos tradicionales que marcaron su infancia: el resorte, la cuerda, las escondidas y el “burro castigado”, actividades que no requerían más que imaginación y compañía.
Así, en medio de celebraciones, regalos y festivales, el Día del Niño también se convierte en un espejo para los jóvenes, quienes, entre memorias y sonrisas, reconocen que la infancia no solo es una etapa de la vida, sino un lugar al que siempre se quiere volver, aunque sea por un instante.


