
Guanajuato, Guanajuato.- Decía el escritor Jorge Ibargüengoitia que en Pedrones (nombre literario que le da a la ciudad de León) “confunden lo grandioso con lo grandote”; en Cuévano (nombre literario de la ciudad de Guanajuato), hacen de lo sencillo algo grandioso.
Y es que las dos de las principales fiestas de la capital del estado son excelsas por su sencillez: ver cómo abren las compuertas de la Presa de la Olla -al compás del vals “Sobre las olas”, del santacrucense Juventino Rosas- y subir a un cerro pedregoso una vez al año.
Segundo lunes de julio: día de la Apertura de la Presa de la Olla, vaso de captación construido entre 1741 y 1749 para mitigar la grave escasez de agua que sufría la ciudad.
Su nombre proviene del rancho “La Olla Grande”, el terreno donde se edificó bajo el mandato del alcalde mayor Juan Jiménez y gracias al financiamiento del marqués Vicente Manuel de Sardaneta.
Se construyó para garantizar el suministro de una ciudad en pleno auge minero y comenzó a captar agua en 1747.
A principios del siglo XIX, el intendente Juan Antonio de Riaño fomentó el entorno como área de esparcimiento y dio origen al famoso Paseo de la Presa y al que luego se llamaría Parque Florencio Antillón.
Desde 1750 se celebra cada año la apertura de sus compuertas. Originalmente se hacía para limpiar las aguas y prepararlas para las lluvias, pero evolucionó para ser una de las fiestas tradicionales más emblemáticas del estado.
Esta festividad marca el inicio de la temporada de lluvias, aunque este año se adelantaron.
Día de tradición

Desde temprano, miles de personas llegan a la zona de la fiesta. Una larga fila de caminantes, muchas familias enteras, recorren el paseo de la Presa; los autobuses van repletos de pasaje y los autos de alquiler hacen carrusel para llevar gente.
Los automovilistas deben dejar sus autos lejos, pues los espacios de estacionamiento con contados, para tener que caminar, so pena de quedar atrapados en la vuelta de rueda.
Juegos mecánicos y antojitos preludian el momento cúspide. Comidas y artesanías dan forma a un momento que forma parte del patrimonio cultural intangible de Guanajuato.
A la una

Junto con el pueblo, de todos los estratos sociales, edades y formación académica, están las fuerzas vivas: la persona que gobierna el estado –en este caso, la primera mujer que ejerce ese cargo, Libia Dennise García Muñoz Ledo-, la presidencia municipal –en este caso, otra mujer: Samantha Smith Gutiérrez- y funcionarios, funcionarias que hacen bola y clase política que se placea.
Los medios aprovechanm para el afamado “chacaleo” (entrevistas en bola y en la vía pública) para tener “notas” para la semana.
Aquello tiene un momento cúspide: la una de la tarde. La gobernadora, tras un mensaje que habló de la importancia de la fiesta, de que este año ha llovido mucho –tanto que la compuerta de la presa fueron abiertas en dos ocasiones previas a este día-, lloverá más y que los cerros estarán más verdes y que la tradición encanta a propios y visitantes, bajó un pañuelo blanco.
Las compuertas fueron abiertas y las cascadas fluyó, con esa brisa fresca con olor a lama, que limpiará el drenaje y es motivo para chelear y tomar una nieve de mantecado.
Poco a poco el agua tomó su nivel y la cascada languidecía, hasta quedar sólo en el recuerdo del vals “Sobre las olas”, interpretada por la Banda de Música del Estado, mientras que la voz de José Alfredo Jiménez seguía en el ambiente.
El agua quedó quieta, la vendimia continuó y lentamente comenzó el retorno, al mundo de todos los días. Tres minutos de cascada intensa, registrada por drones y teléfonos celulares fueron usados para certificar el “yo lo vi” y “estuve ahí”.
Sin tecnologías, en una pequeña vieja presa, el día de la Apertura de la Presa de la Olla mostró que no hace falta lo grandote para que sea grandioso. Fue algo tan sencillo y tan emotivo a la vez.
Nos vemos el Día de la Cueva

