La monja que aspiró al sacerdocio: Leyenda de Irapuato

monjaIrapuato, Guanajuato

“La monja que aspiró al sacerdocio” es el título de una leyenda que se cuenta en Irapuato; una monja rechazada del monasterio por su comportamiento anormal, que sin más, decidió oficiar misa en su propia casa atrayendo la atención de la gente, sin embargo un hombre la distrajo de su devoción lo que la llevó a la muerte, se dice.

La siguiente leyenda es relatada por su autora Celia Velázquez Vázquez de Durán en su libro Leyendas de Irapuato, consultado en el Archivo Histórico de la Ciudad.

“Dicen que la Leyenda es un relato que resulta de mezclar el mito con lo sucedido. Quizá lo que hoy voy a contar sea entonces una leyenda, y no porque intencionalmente pretenda ponerle de cuanto imaginario se me ocurra, sino porque corresponde a mis años más tiernos, luego lejanos y… ¿Y qué recuerdo así no ha sufrido el proceso de la fantasía?

Las leyendas suelen comenzar declarando el lugar y la fecha. Bien, sucedió en la ciudad de Irapuato, corría la primera mitad de la década de los cincuenta, en un callejón céntrico en donde ahora se ubican las oficinas de correos y telégrafos. En el número 15 vivía una joven cuya conducta era muy singular.

Habiendo ingresado años atrás al convento, un buen día las autoridades del mismo, llamaron a sus padres para comunicarles que su hija María Dolores, así se llamaba, no podía continuar llevando la vida del claustro, pues hacía tiempo que mostraba actitudes algo anormales y que por tanto, la novicia debería volver a la casa paterna a fin de que se le proporcionara la atención médica debida y si su mejoría sostenía el deseo de tomar los hábitos, entonces sería muy bien recibida.

Lola la monja, como le apodaban los vecinos, volvió a su hogar, pero muy indignada, pues según decía, había sido expulsada del monasterio sin motivo alguno, y así por despecho se sintió con facultades para establecer en su casa una capilla y allí oficiar misa.

Es de imaginar la sorpresa del vecindario que de buenas a primeras se vio con una sacerdotisa presta a oficiar varias misas al día.

La gente acudía, algunos, motivados por el morbo, otros, no pocos, indignados por el atrevimiento y otros con cierto respeto y devoción, pues se decía que le habían visto en levitación debido a los trances de fervor religiosa de que era objeto.

¡Cómo recuerdo lo cuchicheos de los adultos extrañados por los sucesos! Que a fin de cuentas venía a sacar no sólo al barrio, sino al pueblo entero, de su rutinario vivir. A fuerza de escuchar el singular incidente, aún se produce en mi mente la imagen del hábito negro, de manera tan viva, que la veo despegarse poco a poco del suelo y subir, subir a donde mi imaginación de entonces quedaba satisfecha.

La casa de Dolores era grande, con un magnifico patio rodeado de sombreados portales y un típico pozo en el centro. Por las tardes, hubo de abandonar su acostumbrada quietud para albergar a la gente que, soslayando sus quehaceres, se amañaba para acudir a la cita. Pero a medida que las tardes se sucedían, dejó de ser suficiente y tuvo que resignarse a dejar en la calle a una multitud que se agolpaba demandando ser testigo de los trances de la monja y por supuesto, asistir a las misas oficiadas por ella, para las que se había ingeniado inventando una ratahila de balbuceos, que según decía, correspondía al clásico latín del ritual.

Nunca se supo si las autoridades eclesiásticas intervinieron para impedir o censurar tal desacato.

Todo cuanto Dolores hacía, lo hacía convencida de que era por inspiración divina.

Imponía las manos sobre las cabezas atormentadas, sobre los miembros enfermos y se decía que más de un paralitico pudo salir por su propio pie, gritando vivas a la monja y dando gracias a Dios.

Derrochaba gracia, amenizaba las singulares reuniones arrancando tonadas de su nariz, la oprimía y la soltaba usando los dedos índices y pulgar. En fin, las tardes dejaron de quietas y aburridas.

Algunos llegarían a afirmar que Dolores era santa tesis opuesta a la de otros, que de seguro tenía pacto con el diablo.

Las visitas vespertinas a la casa de la monja se hicieron tan cotidianas que se cumplieron las leyes económicas, no tardaron los vendedores ambulantes en hacer su peculiar mercado, ofreciendo la fruta de horno, los pepinos, las naranjas y las jícamas con chile, las paletas y no faltó quien abusando, ofreció los barquillos hasta en 40 y 50 centavos.

¡Era una verdadera feria! Lola la monja por su parte, correspondía al interés de los asistentes, ofreciendo cada vez más manifestaciones místicas.

Pero cuentan que un buen día, apareció entre los devotos, un joven viudo de buen ver, capaz de perturbar a la novicia y distraerla de sus prácticas singulares. Desde entonces, su misticismo se fue enfriando y poco a poco a poco, los días del vecindario retomaron su curso ordinario.

No tardó en correr el rumor de que Lola, la monja se casaba: como sucedió más tarde.

A su debido tiempo corrió otro rumor: pronto será mamá.

Pero la desgracia llegó en el momento del parto, pues Dolores, quien dio a luz a un hermoso bebé, perdió la vida dejando en orfandad a la criatura nuevamente en la viudez a su devoto marido.

El pueblo como siempre no tardó,  en interpretar a su manera lo sucedido.

Dijeron que si muerte prematura se debió a un castigo del cielo, que de esta manera Dios había cobrado la osadía de la monja y no ha faltado quien asegure haberla visto deambulando por el jardín aledaño a la parroquia del Centro, cuando el reloj de las doce de la noche: el hábito al aire, los pies despegados del suelo, como flotando y un grito lastimero implorando perdón.

La gente que la recuerda pide a Dios la acoja en su reino, a fin de que termine su penar.

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