La consciencia universal desde el arte multimedial global

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“Todos somos uno, algún día lo viviremos intensamente”.
Abel Pérez Rojas.

Opinión.- Desde hace 40 años, Peio Arrubarena, acompañado de su cámara fotográfica y de vídeo, ha dedicado gran parte de su vida a captar los caprichos de la luz impactando los cuerpos, escenas irrepetibles que cautivan los sentidos.

Arrobado por los nuevos programas informáticos y hardware los incorporó a su obra artística.

Surge el  arte multimedia global gracias a otros como Peio, quienes suman su talento a las innovaciones tecnológicas y a una profunda visión de unidad planetaria.

Arribo temporalmente a los siguientes conceptos después de conversar hace unos días con el artista multimedial, quien en compañía de su pequeño robot Sirimiri, recorre el mundo llevando un mensaje de paz.

Ante la facilidad para comunicarnos unos con otros y el desarrollo tecnológico, los artistas multimedia potencian sus pasiones y combinan exitosamente la fotografía digital, la aplicación de programas de edición de imágenes, la inteligencia artificial, la telepresencia, la música y el performance, sólo por citar un ejemplo.

La Internet ha hecho posible que tales obras artísticas estén al alcance de cualquiera y viajen por todo el mundo, pero el carácter global de algunas de ellas no radica solamente en su naturaleza  digital, que permite alojarlas en la nube o por abordar problemáticas o aspiraciones comunes, sino  por “algo” mucho más…

Ese “algo” más profundo dice Arrubarena es la conciencia universal que une todo, ese todo que para tratar de bosquejarlo podemos concebirlo como una red infinita de combinaciones que, enmarañada, propicia nuevas combinaciones. Asomarse al menos por instantes a ese gran enjambre y nutrirse con esa experiencia es lo que hace posible crear ese “algo” que da un carácter global a la obra artística.

A esos momentos les hemos llamado inspiración. Se manifiestan en forma de intuiciones que van moldeando los medios estéticos que construimos para comunicar lo que somos y lo que alcanzamos a percibir como universo.

El singular artista -quien los últimos años ha recorrido en bicicleta gran parte de Europa, Estados Unidos y México- está convencido que Internet, y en particular el arte por este medio, puede ser decisivo para el hermanamiento de los seres humanos y el despertar de la tan añorada conciencia universal.

No sabe cómo, pero Peio vive en la certeza que el Internet detonará la comunicación que nos transforme y nos haga darnos cuenta de las atrocidades que cometemos en contra de nuestros semejantes. Se le ve contento cuando aborda estos temas, y no es para menos: él tiene la convicción que el arte es el camino a la felicidad.

Los escenarios que nos bosqueja Peio Arrubarena están más cercanos de lo que creemos, por eso estoy convencido de que debemos ampliar nuestros paradigmas con los cuales concebimos el arte y la globalidad, ello nos permitirá ser actores y no sólo sujetos pasivos. ¿O no?

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