El puente entre la educación formal e informal es ético

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“Ni el aturdimiento de los títulos escolares nobiliarios,
ni el aislamiento frecuente de la educación informal”.
Abel Pérez Rojas.

Opinión.- Aún persiste ampliamente en diversos sectores de la sociedad el divorcio entre los hombres, las metodologías y el conocimiento generado en las instituciones educativas del sistema formal y, además, con respecto a los  espacios informales de educación permanente.

Al franquear la zanja entre entornos educativos formales con los informales y viceversa, hay una gran reserva que puede oxigenar el progreso intelectual y emocional de los seres humanos.

En un encuentro con Jesús «Capi» Esparza, Rubén Darío Zeleny, Rulo ZetaKa y Luis Fernando Paredes Porras, conversamos sobre el punto anterior y encontramos por qué se debe partir del reconocimiento de las bondades de todos lados, y coincidir en la acción.

Luis Fernando señala como idea provocadora la vinculación de los grupos de la sociedad civil con el mundo académico, idea que frecuentemente incomoda a quienes se encuentran en los diversos colectivos, y parecería que es una virtud asumirse como personas alejadas de lo que se identifica como “lo académico”.

Dice Paredes Porras que se entiende a primera vista la intención de marcar la diferenciación, pero con ello se soslayan las aportaciones de las instituciones educativas y se hace invisible la importancia de la propia formación académica de quienes dan vida a los colectivos.

Por ejemplo, en las encuentros de educación informal se recurre constantemente a los términos escolares, ¿qué sería de estas reuniones sin ellos?

Para Jesús Esparza, quien tiene amplia experiencia en trabajar con colectivos, la afirmación de Paredes Porras puede suscribirse en términos generales. Pero lo que hacen los colectivos subraya una crisis civilizatoria, porque muchos de los principios de las instituciones educativas no sólo no se cumplieron sino que se pervirtieron.

Tiene razón Esparza cuando señala que no es cuestión de diferenciarse entre unos con otros, sino de comprender la diferencia y actuar en consistencia entre lo sublime y lo grotesco, entre lo corrupto y lo honesto.

Ante la idea detonante, muy bien planteada por Luis Fernando, emerge una postura de carácter ético: en realidad estamos hablando en el fondo de una cuestión de poder.

Más allá de reconocer o no nuestro historial escolar o informal, de lo que se trata es de hacer visible que salvo contadísimas excepciones los sistemas educativos  han sido la herramienta más eficaz para mantener las formas de pensamiento de dominación en el país.

Por supuesto que quienes entienden lo anterior, y tienen la posibilidad de propiciar espacios distintos, marcan la diferencia como parte de su metodología liberadora.

Claro que es posible establecer puentes entre los entornos formales e informales, cada día vemos claros ejemplos de ello en los distintos niveles escolares, pero éstos tienen sus limitantes y finalizan cuando ponen en la mesa los puntos sensibles de las relaciones injustas que se viven en nuestro país.

Es necesario tener muy presente lo anterior para no perdernos en la nube gris que asfixia el progreso de México y también para propiciar el hermanamiento entre unos y otros. ¿O no?

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