«El Despertar del Diablo» -cuento 004-

Pude sentir las uñas de la Brandy que se encajaban en mi brazo hasta hacerme sangrar.

Al otro día era lunes. Quedé de verme con el Sam y con la Brandy en Tepetapa. De ahí subiríamos hasta el museo de las momias para ver qué pedo, si podíamos sacar una momia del museo.

La noche era oscura y calurosa, mientras los esperaba por ahí por el puesto de tacos, se me antojaba un chingo una chelita, mínimo para curármela. Fui a la tiendita de la esquina y compré un sixcito. ¡Estos cabrones siempre tan impuntuales!.

La primera en llegar fue la Brandy, de hecho solo me quedaban dos latas y le invité una.

– ¡Tengo miedo Maka!, me decía aquella chica cachorrona.

– ¡Yo también! (le mentí). No tenía nada de miedo, lo que quería era darle una buena revolcada para que supiera lo que es amar a Dios en tierra ajena.

De rato llegó el pinche Samuel. Eran casi las once de la noche. Subimos por la calle en silencio. Mitad porque no queríamos mencionar nada, y mitad porque todos íbamos bofeados por culpa de tanto cigarro.

Nos paramos enfrente del museo. Teníamos más miedo que saliera la banda a que se nos apareciera un muerto. Por si las dudas el Sam llevaba un filero, (uno nunca sabe).

Pero llevaba algo más importante: un pomito del Tarasco, una coca y tres vasos rojos deshechables.
Nos pusimos a pistiar hasta que el Sam rompió el silencio.

-Ya lleva varias semanas cerrado por la puta pandemia, decía mientras señalaba con cigarro en mano al museo.

– Mejor -le dije-, así nadie se dará cuenta.

-¿Crees que siga el mismo vela?.

-Ni idea we, yo creo sí. Don Algón ya lleva un chingo de años chambiando de noche.

-El pedo es que sí nos ubicas bien we, y quién sabe si jale.

– Mejor vamos a meternos por el panteón, chance igual encontramos algo por ahí tirado.

– ¡No mames!, le dije… está bien que aquí se dan las momias, pero no están regadas por todas partes.

– Quién sabe wey, quién sabe, respondía el Sam alzando los hombros.

El panteón lo conocíamos al mero pedo. No les voy a contar cómo entramos, pero en menos de lo que nos tomamos el último trago ya estábamos adentro.

Brandy me tomaba por el brazo, el calor había desaparecido y el aire soplaba con huevos. Parecía que se caerían aquellos arboles de tan fuerte que el aire chillaba al balancearlos.

Un gato negro arriba de una tumba nos sacó un pinche pedote, sus ojos brillaban como dos lámparas que nos veían fijamente. Pude sentir las uñas de la Brandy que se encajaban en mi brazo hasta hacerme sangrar.

-Mejor vámonos chico, decía la Brandy.

-Aguanta hija, aguanta, -le decía el Sam-.
Caminábamos por las pasillos entre las gavetas, con una lamparita íbamos aluzando por todas partes, como esperando ver alguna momia…

De pronto, ya no solo hacia aire, sino que empezó a sentirse un frío de ultratumba.

-¡Allá, miren!, decía Sam mientras dirigía la luz de la linterna hacia las raíces de un árbol.

Se está moviendo algo. Nos quedamos viendo fijamente en la tierra. Había algo raro, como si se estuviera formando un hormiguero. La tierra comenzó a levantarse muy lentamente. Ahora si sentía como escurría la sangre de mi brazo mientras Brandy se ponía a llorar casi arrancándome el brazo.

Una mano comenzó a asomarse por entre la tierra. Era descarnada y lejos de verse frágil, se veía poderosa y olorosa…. Apestaba a madres…. Pero no nos quedaríamos ahí para ver más detalles… salimos volando y en menos de un segundo ya estábamos en la Alhóndiga…

Un relámpago atravesó el cielo, cayendo una pinche tormenta, Guanajuato comenzó a llorar. El diablo había despertado… ya estaba con nosotros, más vivo que nunca.
(continuará)

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