Cuando llegaban los húngaros a Abasolo: el recuerdo de una infancia

Cada año, caravanas de familias itinerantes se instalaban en terrenos baldíos del municipio, despertando la curiosidad de los niños y alimentando historias que aún permanecen en la memoria colectiva

Imagen de referencia | Especial

Abasolo, Guanajuato.- Había algo extraño en el ambiente cuando corría el rumor. Bastaba que alguien lo dijera en la tienda, en la escuela, en el mercado o en la banqueta para que la noticia se propagara por todo Abasolo:

—Ya llegaron los húngaros.

Y entonces la curiosidad comenzaba a despertar entre chicos y grandes.

A principios de los años noventa que yo recuerdo, quizá los más mayores recuerdan otras épocas, cuando el municipio todavía conservaba terrenos baldíos en distintos puntos de la cabecera municipal y la vida transcurría a un ritmo muy distinto al actual, la llegada de aquellas caravanas era todo un acontecimiento. No importaba si alguien sabía realmente quiénes eran o de dónde venían. Para la mayoría eran simplemente “los húngaros”.

Aparecían de pronto.

Casas rodantes, remolques, camionetas y vehículos pintorescos que llamaban la atención por ser distintos a los que normalmente se veían en el pueblo. Recuerdo que se instalaban durante días o semanas en un terreno de la calle Lerdo, donde antes se colocaban los circos y los juegos de la feria. En cuestión de horas, aquel espacio se transformaba en una pequeña comunidad temporal que rompía con la rutina cotidiana del municipio.

La presencia de aquellas caravanas llamaba la atención de todos. Quienes pasaban por el lugar observaban el movimiento constante de personas entrando y saliendo de las casas rodantes, los vehículos estacionados y la actividad que parecía no detenerse. Durante algunos días, aquel rincón de Abasolo se convertía en tema de conversación en las casas, los comercios y las reuniones familiares.

Algunas familias daban actos de teatro, títeres, proyectaban películas y otros leían cartas.

Los adultos hablaban de ellos con una mezcla de fascinación y desconfianza.

Algunos aseguraban que venían de Europa. Otros decían que recorrían todo México. Había quienes juraban que podían leer la mano, adivinar el futuro o vender cualquier cosa. Como suele ocurrir en los pueblos, los rumores crecían más rápido que las explicaciones y cada persona parecía tener una historia distinta sobre ellos.

Con el paso de los años, la historia permitió entender mejor quiénes eran realmente.

Diversas investigaciones documentan que muchos de los llamados “húngaros” que recorrieron México durante gran parte del siglo XX pertenecían a comunidades gitanas, principalmente grupos rom y ludar originarios de Europa Oriental y los Balcanes. Aunque algunas familias sí tenían vínculos con Hungría, muchas otras provenían de regiones que hoy forman parte de países como Serbia, Rumania, Bosnia o Grecia.

Sin embargo, para la mayoría de los mexicanos todos eran simplemente “húngaros”.

El apodo se popularizó porque algunas de las primeras caravanas que llegaron al país portaban documentación emitida en territorios del antiguo Imperio Austrohúngaro o procedían de zonas asociadas por la población con Hungría. Con el tiempo, el nombre se extendió hasta convertirse en una denominación genérica para identificar a grupos gitanos itinerantes que recorrían pueblos y ciudades mexicanas.

En Abasolo, como en cientos de municipios del país, pocas personas conocían esas diferencias. Para la gente del pueblo, los húngaros eran aquellos viajeros que aparecían una vez al año, permanecían una temporada y después seguían su camino hacia otro destino.

Su llegada despertaba preguntas, comentarios y una inevitable curiosidad. En una época sin internet, redes sociales ni teléfonos inteligentes, la información era limitada y muchas veces la imaginación completaba los espacios vacíos. Las historias sobre ellos pasaban de boca en boca y terminaban convirtiéndose en parte del folclor local.

Cada generación de abasolenses parece guardar algún recuerdo de aquellos días.

Algunos los recuerdan por las caravanas instaladas en terrenos baldíos. Otros por los artículos que vendían o intercambiaban. Muchos conservan en la memoria las historias que escuchaban en casa y las advertencias que acompañaban su llegada. En no pocos hogares se escuchó alguna vez la frase:

—Pórtate bien o te van a llevar los húngaros.

Era una expresión común en muchas regiones del país, aunque hoy se entiende más como parte de las creencias populares y los prejuicios de la época que como una realidad.

Con el paso de los años dejaron de aparecer con la misma frecuencia.

El pueblo cambió. Los terrenos baldíos desaparecieron para convertirse en colonias, negocios o fraccionamientos. Las carreteras se transformaron. Las costumbres también. Poco a poco, aquellas visitas que parecían formar parte natural del calendario local fueron quedando en el recuerdo.

Hoy, para quienes vivieron en Abasolo durante los años ochenta y noventa o quizá en otra época anterior, la frase “ya llegaron los húngaros” conserva un significado especial. No porque se recuerde con exactitud quiénes eran o de dónde venían, sino porque evoca una época distinta, cuando cualquier acontecimiento fuera de lo común era suficiente para captar la atención de todo un pueblo.

Quizá por eso permanecen en la memoria colectiva.

Porque más allá de las historias, los rumores y las leyendas, los húngaros forman parte de esos recuerdos compartidos que sobreviven al paso del tiempo. Son una postal de aquel Abasolo que muchos aún recuerdan: un pueblo donde la llegada de unas cuantas casas rodantes bastaba para convertirse, durante algunos días, en el tema de conversación de toda la comunidad.

¿En tu ciudad también llegaban los “húngaros”?
¿Los recuerdas? ¿De qué ciudad eres y qué historias se contaban sobre ellos?

Por Abraham Gee

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