
Pénjamo, Guanajuato.- Yasmín Garcidueñas ha encontrado una manera muy particular de conservar recuerdos: transformar personas y emociones en pequeños muñecos tejidos a crochet. Entre madejas de hilo, agujas diminutas y horas de paciencia, va tejiendo recuerdos plasmando la esencia en cada muñeco de la persona a la que representa.
Lo que comenzó como una simple curiosidad durante sus años de estudiante en Guanajuato capital, terminó convirtiéndose en un oficio lleno de sensibilidad y detalle. Recordó que todo inició cuando visitó uno de los bazares del Festival Internacional Cervantino y vio por primera vez un amigurumi.
“Me llamó mucho la atención”, comentó. Se acercó a preguntar cómo se hacían aquellos muñecos tejidos y la respuesta fue sencilla: buscar tutoriales en internet y practicar. Desde entonces, el crochet se volvió parte de su vida.
Hoy, Yasmín dedica prácticamente todo su tiempo a elaborar amigurumis, figuras japonesas tejidas a mano que pueden ir desde personajes fantásticos hasta retratos personalizados de seres queridos. Pero detrás de cada pieza hay mucho más que hilo entrelazado.
“Se ve fácil, pero en realidad no lo es”, explicó mientras sostiene una sirenita de grandes ojos y cola colorida. Una figura de ese tamaño puede tomarle entre seis y ocho horas de trabajo continuo. Otros modelos, dependiendo de los detalles, pueden requerir hasta 15 horas.
Las creaciones más complicadas suelen ser aquellas cargadas de pequeñas piezas y acabados minuciosos. Recordó especialmente unos personajes de la saga de Sonic, Sadow the Hedgehog que le encargaron tiempo atrás.
“Llevaban demasiados detalles, muchísimas piezas chiquitas”, relató. Fueron cuatro muñecos y cada uno representó largas jornadas de concentración para lograr que todo encajara perfectamente.
Sin embargo, los trabajos más complejos no necesariamente son los más grandes ni los más elaborados visualmente. Para Yasmín, los amigurumis más difíciles son los que buscan retratar personas reales.
A partir de una fotografía, ella recrea rostros, ropa, peinados y pequeños elementos que definen la personalidad de alguien. Los lentes, una gorra, la barba, el estampado de una camisa o incluso una expresión facial se convierten en piezas fundamentales para que el muñeco logre parecerse a quien representa.
“Todo lo que caracteriza a la persona tienes que hallar la manera de cómo hacerlo para que se acerque lo mejor posible”, explicó.
Pero el verdadero desafío no está solamente en el parecido físico. Está en capturar la esencia.
Muchas veces, quienes se acercan a hacer un pedido no solo entregan una fotografía; también comparten recuerdos. Hablan de un padre fallecido, de un esposo sonriente o de alguien que desean conservar cerca a través de un regalo tejido.
“Él era muy sonriente, él era así, él era asá…”, comento Yasmín sobre algunas conversaciones con sus clientes. Sin darse cuenta, dice, las personas terminan describiendo sentimientos y memorias que ella intenta plasmar en cada puntada.
Por eso sus amigurumis terminan siendo algo más que artesanías decorativas.
“Sí, es un monito emocional”, dice entre risas.
Y quizá ahí reside el verdadero valor de su trabajo: en convertir hilo y paciencia en una forma de memoria tangible, en pequeñas figuras capaces de abrazar la ausencia, celebrar la vida y mantener viva la esencia de alguien querido.

