Venganza en la prisión -cuento-

Tenía mucho miedo. Mucho, pues sabía lo que estaba por suceder. Uno de ellos arrancó el vestido de un tirón, mientras se ponía detrás de mí

Por: MakaBrown

¡Ándale mi cabrón, chíngale! Me decía el poli mientras me aventaba al suelo.

-A ver si aquí si te pones muy riata. Se escuchaban risas,  de mucha gente, después supe que eran presidiarios o algo así.  Al lado mío, también en el suelo, estaba tendido un hombre, no sé si muerto o desmayado, pero se veía realmente mal. Tenía la cara llena de sangre, y los ojos morados.

No alcancé a observar más. Una patada voladora me rompió los dientes. Un cadenazo terminó por dejarme el cráneo en dos partes.

Como pude me quité un poco de la sangre que tenía en los ojos. Alcancé a distinguir una silueta, parecía una mujer… y digo parecía, porque tenía la el cuerpo descarnado, las piernas, el abdómen, la cara. Traía el cabello largo y pegajoso. Los dientes se mostraban como una macabra sonrisa.

Fue entonces que reconocí al sujeto que estaba a mi lado. Era el asesino de Ingrid. Estuvo saliendo en las noticias todos los días contando con detalle de cómo le enterró el cuchillo en el cuello porque no lo dejaba pistiar.

Levanté un poco la cabeza y también tenía enterrado un cuchillo en el cuello. A nuestro alrededor había varios seres oscuros. Me puse a contarlos… uno, dos, tres… doce. Doce demonios estaban en la misma celda que nosotros. Dos de ellos se acercaron para comenzar a destazar a aquel celoso ingeniero civil… bueno, lo que quedaba de él.

De pronto, un fuerte escalofrío recorrió mi cuerpo. Frente a mi estaba una niña. Traía un vestidito de princesa y las uñas pintadas. Pude reconocer sus zapatos. Eran los de la escuela primaria de donde me la había conseguido mi vieja.

Su cabello era lacio y tenía una sonrisa que me decía lo que vendría. La venganza. No me decía nada, sólo estaba parada junto al fantasma de Ingrid. Para eso, la celda era una verdadera alberca de sangre.  Al inge parecía no tener fin en su desangradera.

Los ojos de los doce demonios brillaban de lujuria y maldad. Uno de ellos, el que parecía el jefe, le dio la instrucción de que el momento había llegado. Cada uno con un palo de escoba en la mano lo azotaban contra el suelo.

El macabro cuerpo de Ingrid se acercó a mí y me vistió de princesa. Me puso unos zapatos de tacón, me pintó los labios y las uñas.

Tenía mucho miedo. Mucho, pues sabía lo que estaba por suceder. Uno de ellos arrancó el vestido de un tirón, mientras se ponía detrás de mí. Literalmente estaba como un perro en cuatro patas. Pasaban su lengua por todo mi cuerpo, bebiendo mi sangre, y mordiendo mis carnes. Solo sentía los embates de uno a uno de los demonios. Por mis piernas escurría la sangre a borbotones. Y ya no supe más de mí. Fue lo último que observé, a los doce demonios, a la chica y a la niña.

En el infierno me topé con el “inge”. Aullaba y aullaba de dolor por su crimen cometido. Mi alma también estará ardiendo por toda la eternidad, tal vez la pequeña Fátima ya se encuentre descansando en paz, luego de esta venganza en la prisión.

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