Pastelitos Mágicos de Guanajuato y Jim Morrison

mariguana

Guanajuato, Guanajuato

Entre Ringo Starr, Paul McCartney, Jim Morrison, los Enanitos Verdes y El Tri, los pastelitos mágicos salieron a relucir en las mesas y espacios que había en Lobos. Anterior a ello, el mezcal de sabores y la noche inquietaba las calles de Guanajuato.

“Sé que es tarde ya, para pedir perdón, sé que es tarde ya lo siento, termina nuestro amor” y los coros no se detenían, era un juego pactado entre todos los que estaban dentro de ese pequeño y gran bar que entonaba la esquizofrenia de sus clientes.

En la puerta principal, uno de los llamados guardias, mal encarados y distantes veía entrar y salir a personas muy emperifolladas con sombreros, abrigos y adornos al estilo de The Kiss o bien a aquellos que parecían ser estudiantes y unos pocos con sacos parecidos a licenciados o “personas muy letradas” que por sus trabajos querían tomar una cerveza.

En medio de la barra, el cantinero se emborrachaba con la clientela que abría una y otra cerveza León o Modelo; el ambiente era tan especial que los posters de aquellos llamados inmortales del rock se quedaban viendo a sus “seguidores” y de fondo Bunbury, Fobia, Inspector y Molotov se disputaban a quién le tocaba la siguiente rola.

“Pastelitos mágicos, va a querer pastelitos mágicos” y de repente una mujer escuálida, con lentes, cabello largo y liso, llevaba entre sus manos una gran bolsa, de esas utilizadas en el mandado de una ama de casa.

“Que dijiste” y respondió “pastelitos mágicos cada uno a 20 o tres por 50”; “en verdad son mágicos” y reviró “sí, cuántos van a querer” y se alejó a otras de las mesas y especialmente con aquellas personas que estaban de pie.

“Ven por favor quiero tres” y cómo si se tratará de un convenio apalabrado, sacó de esa gran bolsa, tres pastelitos que estaban finamente elaborados en una masa de pan, con una cubierta de papel encerado y en un empaque de plástico que los hacía ver como una verdadera “delicateza” culinaria.

Eran pastelitos verdes y mágicos que entre los gritos rockeros, el sudor del ambiente y la magia de Guanajuato, dejaban entrever otro mundo distante y pegado a la realidad, en la que la vendimia del llamado “mercado negro” se daba sin ningún pormenor.

Lobos se había convertido en un sitio afilado con dientes especialmente “mordelones” en los que el Rey Lagarto revivía con su casa rodante o la serenidad de Imagine de John Lenón; le realidad es que los pastelitos o pastelillos de la felicidad, intrigaban a uno que otro seguidor.

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