«Pasión en las Torres»

pasion en las torres okRecordando un poco lo sucedido el 11 de septiembre del 2001 en la ciudad de Nueva York, les dejo este pequeño cuento, una historia de amor, de una pasión en las torres:

-“¡¡Corra!!”  -le grité-

-“¡¡Me rompí la pierna!!” -me dijo angustiada aquella joven mujer-.

Fue entonces cuando reconocí su voz… “¿Andrea?” -pregunté-.

Su nombre era Andrea. Era una chica muy guapita y chaparrita, con unos ojos que parecían como dos soles iluminando mi vida. Era una joven empresaria que tenía su despacho en el Word Trade Center, en N.Y., era muy lista, inteligente y con una personalidad formidable. La conocí por internet hace más de dos años. Intercambiamos fotografías y de vez en cuando nos hablamos por teléfono. El día once de septiembre era muy importante para mí ya que emprendería aquel vuelo en el que por fin nuestros cuerpos se unirían; era más allá de una mera cuestión sexual, era el encuentro entre estos dos mundos paralelos en los que creíamos nunca se unirían. Me fui a la sala de fumadores, estaba un poco nervioso, no tanto por el vuelo sino por el hecho de ver con mis propios ojos a aquella bella muñeca.

El vuelo parecía tranquilo dentro de lo que cabe, lo que no podré olvidar fue aquel momento en que se levantaron varios hombres y se pusieron un tipo paliacate en su frente. No entendía muy bien lo que decían, hablaban árabe entre ellos. Fue hasta después de varios minutos en los que comprendí lo que estaba sucediendo. Secuestraron el avión. Cambiaron el rumbo de nuestra trayectoria, precisamente a medio vuelo. Nos dirigíamos hacia Nueva York. Tomé el celular y le llamé a Andrea.

– “Hola” -le dije preocupado-

-“¡¡Hola amor!! ¿Ya llegaste?” -me preguntó aquella bella ejecutiva-.

– “Andrea, estoy en problemas, no puedo hablar mucho, secuestraron el avión, no sé mi destino, sólo quiero que sepas lo mucho que te quiero, te deseo lo mejor de lo mejor en tu vida… cuídate amor”.

Lo demás es la historia que ustedes ya saben. El avión se impactó de lleno contra una de las torres gemelas… el caos era inimaginable e incalculable. Los noticieros de todo el mundo transmitían en vivo y en directo hacia los millones de televidentes.

Hay algo que ustedes no lo saben: cuando se da el impacto contra aquellos cristales, fueron milésimas de segundo antes de que ocurriera la explosión. Fue en ese momento que sentí como “algo” me jalaba hacia el exterior del avión, de pronto estaba en medio de papeles, vidrios y fierros retorcidos, pero ¡¡¡estaba consciente de lo que estaba ocurriendo!!! dentro de las llamas alcancé a ver la ruta de evacuación y me dirigí hacia la parte de la salida de emergencia. Caminé de prisa. Se escuchaban las sirenas, el llanto de personas y mucho, mucho ruido. El humo y el polvo impedían ver por dónde me dirigía, fue entonces que choqué con una persona que estaba tirada en el descanso de las escaleras en aquel inolvidable piso, entre el sesenta y ocho y el setenta.

“¡¡Corra!!” -le grité-.

“¡¡Me rompí la pierna!!” -me dijo angustiada aquella joven mujer-.

Fue entonces cuando reconocí su voz… “¿Andrea?”-pregunté-.

-“¿Fernando?” -aún con miedo-.

-“¡¡¡Estás vivo!!! ¡¡¡Estás vivo!!!” -me dio un abrazo inolvidable, nos unimos en un sólo ser con un pequeño beso, dentro de toda aquella confusión del desastre.

-“¡Por fin, nos unimos muñeca!”, -le dije-, “¡Dios nos ha hecho justicia!”.

Nos tomamos de la mano y continuamos descendiendo los escalones. Ya no había dolor. No había prisa, no sentíamos nada. Sólo aquella sensación de haber unido dos mundos que parecía que nunca se tocarían entre sí.

Alcanzamos escuchar el segundo avión estrellarse contra la torre de enfrente. Las sirenas, los gritos, el ruido era muy fuerte, pero eso ya no importaba. La torre donde estábamos cayó hasta sus cimientos, y en medio aquel mundo en desgracia caminamos por las calles de Nueva York dirigiéndonos hacia la eternidad.

 

Con la colaboración especial de Eduardo Caballero

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