Música de la naturaleza para curar al espíritu

Guanajuato, Gto.- Del centro del círculo de concurrentes brota una música similar al viento que rompe el espacio, al golpe de maderas o el correr de agua. Sonidos suaves, que salen de elementos naturales relajan a seres vivos, lo mismo humanos que caninos; las plantas de las macetas y las que custodian al río de Marfil también lo celebran.

Se trata de una musicoterapia realizada por Liz Carrera y Carlos Ortiz. Son parte del proyecto Manos en Vuelo, con el que reivindican la creatividad artesanal y en la que expresan sus vínculos con la naturaleza, en un afán de armonía humana y social, de construir colectividad.

Liz y Carlos charlan:

Son artistas que interpretan música con instrumentos de origen prehispánico y otros países. Sus piezas son réplica de la sonoridad de la naturaleza y la usan para formar círculos de paz y amistad entre las personas, para promover la convivencia y el respeto e impulsar el respeto a los derechos humanos, por la no discriminación y la búsqueda de la igualdad, siempre desde una perspectiva humanista, no partidista o gubernamental, sino meramente social y con la expresión musical como herramienta.

Promueven el cultivo y cuidado de plantas mediante programas de adopción de árboles. Ambos residen en Irapuato, en un fraccionamiento en donde usaron espacios urbanos para habilitarlos como huerto, para sembrar maíz, calabaza y frijol. Han nadado a contracorriente al ir superando la resistencia.

Terapias para la vida

Nuestra música, explica Carlos, es una forma de terapia para personas, animales, árboles y plantas. Vamos a donde nos llamen, nuestra intuición nos dice dónde nos necesitan, afirma Liz.

Carlos añade: usamos instrumentos de la tierra (hechos con troncos o barro); usamos de la India, de Brasil o de origen maya y de otras culturas prehispánicas o precolombinas. Carlos precisa: también soy ejecutante de Yambé (un tambor), instrumento de África.

¿De dónde surgió esa sabiduría?, se les inquiere.

Se trata de la sabiduría de la música y la ecología, responde Carlos; la mezclamos y la compartimos con todos, porque todos somos uno y la tierra nos llama en unidad.

Combinamos los sonidos con la terapia y promovemos con la música una actitud de respeto a los derechos humanos, señala Liz.

El único instrumento de metal es la cuenca. Se trata de un aro que genera un sonido vibrante mediante la fricción. Lu usan en una parte específica de la sesión porque es de gran impacto. La especie de zumbido que genera provoca reacciones diversas que pueden ir de la paz a la ansiedad, según la percepción y el ánimo de quien lo escucha.

¿De dónde sale esta filosofía?

Carlos responde que esa filosofía es una forma de vida: no lo hacemos por costo o como empresa, sino por la ciudadanía. La filosofía de vida es compartir con el corazón y ser del agrado de todos.

Liz añade: es ser uno en todos, ser como el maíz, que es diverso, que lo hay de diferentes tamaños, formas y colores, pero es la misma planta: queremos construir comunidad y colectivos por medio del entendimiento, de la libertad de expresión, erradicar la desigualdad, la discriminación y el clasismo; somos semillas vamos sembrando para que vayan creciendo y vayan madurando.

En la terapia que brindaron en el Museo Gene Byron, las personas asistentes expresaron posturas diversas: hubo quienes participaron con escepticismo, también quienes se entregaron. El resultado fue similar: una paz interior y una calma, un adiós a las ansiedades. Canto y grito sirvieron para soltar tensiones.

Incluso, una de las mascotas del lugar pasó de recibir con ladridos a concurrentes a echarse y dejarse acariciar. La musicoterapia cumplió su cometido. Hubo comunidad.

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