Los polvos del desierto -cuento 007-

-Nos han caído bien, por eso queremos hacerles un regalo. El güero sacó de una maleta unas cajitas. Nos dio una a cada quien.

Salí a cotorrear con el Sam y la Brandy el pasado sábado. Nos metimos a un bar que esta de “Aullido”. Ahí conocimos a unos turistas. A leguas se veían que no eran de aquí, sobre todo por su mal español.

Alguno de los meseros les comentaron que éramos guías de turistas, por si querían conocer la ciudad. Lo supimos porque nos enviaron tres cervezas que agradecimos con la mano en alto. Luego otras tres y otras tres.

Con esas eran suficientes para que me acercara a su mesa para agradecerles el gesto y preguntarles si querían conocer algún lugar en específico de Guanajuato.

-Maka. Me dicen Maka, les decía mientras les extendía la mano para saludarlos. Pareciera que no les importaba mucho lo de la “sana distancia” en estos tiempos de pandemia. La neta a mí también me tenía sin cuidado.

-Traéte a tus amigos, me dijo uno de ellos.

-Le hice la seña a Sam y a la Brandy para que se acercaran. Jalamos unas sillas y nos acomodamos.

-«Sam, Brandy, unos amigos», les dije.

Mucho gusto dijo uno de ellos. Steve. Mi nombre es Steve. Era un moreno de pelo a rapa. Los ojos grises como gato contrastaban con su color de piel.

Jacob, mucho gusto dijo el otro amigo. Él era un güero barbón, mucho más alto que su compañero.

Entre cervezas y risas el tiempo se fue de volada. No nos dejaron pagar ni una sola. Nos decían que se la estaban pasando poca madre y que aceptáramos la invitación de las cervezas.

Cuando salimos, nos fuimos al after al hotel donde se hospedaban. Ahí tenían un poco de whisky de etiqueta negra.

-«No se nos vayan a caer los dientes», me dijo el Sam mientras me daba un codazo en las costillas.

-Pues… ¡mientras no se te caiga otra cosa!, le dije.

En su habitación tenían una salita y sin que nos dijeran nos pusimos cómodos. Nos confiaron algo que nos dejó helados. Al principio pensábamos que se trataba de una broma, pero lo que nos dijeron era lo más macabro que se puedan imaginar.

-¿Han escuchado del polvo del Sahara?

Sam me peló los ojotes. Con la mirada me decía no vayas a soltar el proyecto de “polvo de momia”, ni se te ocurra.

Andaba pedo y solamente lo pensé. -Mmmm… ¿del desierto?

-Sí, el que viene en camino.

Pues… muy poco les dije. Solo que ya no tardaba en llegar una tormenta de polvo…

-¿Saben que son los “Chemtrails?.

Los tres nos quedamos como pendejos. Con la cara que pusimos les respondimos.

El güero barbón comenzó: “La humanidad este creciendo cada día más rápido. Muy rápido. Nos estamos acabando el planeta. Lo destruimos todos los días con nuestra basura, con el plástico, los mares están sucios, y la capa de ozono cada día se desgarra dejando entrar rayos ultravioleta que poco a poco nos están rostizando. Por eso las sequías. Las inundaciones. Y alguien tiene que controlarlo…”

Le hizo segunda Steve, el moreno. «Por eso las guerras, los virus, la televisión, el internet, los deportes, la pornografía, ¡para eso los celulares!», gritó con su acento extranjero.

Steve continuó: necesitamos tener un orden mundial. Un control de la humanidad. Y esto se está saliendo de control. Formamos parte de este orden. De hecho Jacob y yo, al igual que 202 agentes formamos parte de la base de esta organización.

Continuó Jacob: “Los chamtrails” son rastros químicos, polvitos pues, que sueltan los aviones que influyen en la conducta de los humanos. Son esas estelas de humo que avientan entre las nubes a grandes alturas. Estos polvos químicos llegan hasta los pulmones y de ahí al cerebro. Son como nanochips que ayudan a manipular a la gente del mundo.

¡Chingue su madre!, le dije…. Eso es muy cabrón.

-Así es, me respondió.

Nos han caído bien, por eso queremos hacerles un regalo. El güero saco de una maleta unas cajitas. Nos dio una a cada quien.

-Ábranla, con confianza, nos dijo.

Al abrir cada quien su pequeña caja, nos sorprendimos por su contenido. Era una especie de cubrebocas, color metálico. De hecho eran de un metal muy flexible. También unos lentes oscuros, tipo playa, la neta estaban poca madre.

Mañana por la mañana, necesitan colocárselos. No se les olvide. Mañana llegan a Guanajuato los polvos de del Sahara. No lo olviden. ¡Salud por el control mundial!, dijo el güero mientras alzaba su vaso.
¡Salud!, dijimos todos mientras, estábamos entre asustados y nerviosos.

Fue lo último que supimos de nosotros. Amanecimos entrepiernados la Brandy, El Sam y yo. Eran las once de la mañana. No había nadie más en aquel cuarto de hotel. Solamente las cajitas que nos regalaron aquellos extranjeros.

Entre crudos y desvelados nos pusimos los cubrebocas y los lentes, nos asomamos por la ventana de aquella habitación. El polvo del Sahara atravesaba la ciudad. Guanajuato estaba listo. La humanidad sería controlada… por la buena, o por la mala.

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