
Irapuato, Guanajuato.- Por años, Gloria, o Andrea como aparece en su acta de nacimiento, caminó por el mundo sin saber con certeza quién era, cuántos años tenía o a dónde pertenecía. Su vida comenzó marcada por una dualidad que simboliza su propio camino: en su registro civil se llama Andrea, pero en su bautizo la nombraron Gloria, por la madrina que la llevó en brazos.
“Yo toda la vida, Gloria y Gloria, arriba para abajo”, recordó, pero fue hasta 1971 cuando, ya adulta, comprendió que no tenía documentos ni identidad oficial. “Yo no existo en el mundo”, le dijo entonces a su madre, antes de darle dinero para que buscara su acta en Veracruz, donde nació en 1938.
Su infancia y adolescencia fueron un vaivén de hogares temporales, conventos, ciudades y calles. Originaria de Tustilla, Villa Azueta, Veracruz, aunque criada entre Tierra Blanca, Córdoba y el puerto, Gloria nunca conoció un hogar estable. Creció entre una madrastra y un padrastro, sin la presencia de su padre, a quien conoció hasta ya siendo adulta. Esa inestabilidad la llevó, inevitablemente, a las calles de la Ciudad de México.
“Yo fui niña de la calle”, dice sin dramatismos, pero con la claridad de quien sobrevivió a un entorno duro. La Ciudad de México de aquellos años, aunque no tan violenta como hoy, ya representaba riesgos para una menor sola: promesas falsas de trabajo, personas que se aprovechaban de niñas vulnerables, engaños. Gloria lo vivió de primera mano. “Era muy difícil vivir en la calle… mucha gente se aprovecha de las niñas”.
Entre escapatorias y traslados, encontró refugio en varias congregaciones: las Trinitarias, las del Buen Pastor y, finalmente, las Madres de la Casa de Jesús, donde, como ella misma dijo, logró “sentar cabeza”. Pero incluso allí vivía una confusión esencial: no sabía cuántos años tenía. Cada tanto decía que cumplía 15. Su identidad era un rompecabezas sin piezas suficientes.
En esos conventos aprendió oficios: a lavar, cocinar, planchar, arreglar. Más tarde trabajó en fábricas, en casas, incluso fue cantante en un restaurante chino de la Avenida Cuauhtémoc, el famoso “Cuauhtémoc 60”. Su voz, educada en coros de cinco voces de las religiosas, aún guarda una fuerza emotiva que sorprende cuando entona su canción predilecta: “Si yo encontrara un alma como la mía”. Una melodía que, quizá sin proponérselo, describe su búsqueda de toda la vida: un lugar, un afecto, una pertenencia.

Pero el destino, como ella suele decir, la trajo a Irapuato. No se casó, no tuvo hijos, “ni perrito que me ladre”, bromeó. Sin embargo, encontró algo más profundo: una familia que no esperaba.
Fue en Casa Hogar La Paz donde Gloria finalmente halló eso que nunca había tenido. Un sitio donde su nombre, su historia, sus heridas y su edad, 87 años recién cumplidos, por fin tuvieron un lugar. Allí, rodeada de personas que la cuidan, la escuchan y la acompañan, Gloria ya no es la niña que se escapa, la adolescente sin documentos, la joven que huía de conventos o de peligros en la calle. Es una mujer que, después de una vida nómada, encontró hogar.
Hoy sufre problemas de salud, una caída reciente, una hernia discal, dificultad para caminar, pero su ánimo permanece. Para su cumpleaños, dice, le basta con invitar a alguna de las madres a desayunar. Un gesto sencillo, pero que para ella significa algo inmenso: compartir, acompañar pertenecer.
Gloria, que pasó la vida buscando un alma como la suya, descubrió en la Casa Hogar La Paz una familia completa. No la de sangre, pero sí la del corazón. Una que llegó tarde, quizás, pero llegó a tiempo para darle por fin un hogar.