“La morada azul” (cuento)

morada azul copiaEran casi las seis de la tarde. Aún no oscurecía y aunque tenía mucho miedo sabía que alguien se detendría para ayudarme. No pasaba ninguna persona, y no importaba quien fuera, la primera que pasara se lo contaría.

A una cuadra vi como se acercaba aquel joven, tendría unos dieciocho años a lo mucho. Hablaba por su celular, al parecer con su novia, porque todo eran cariños y palabras dulces.

-¡Amigo, ayúdame, ayúdame por favor!, me acerqué corriendo, poniéndome enfrente de él.

-¿Qué te sucede en qué te puedo ayudar?.

-Mis hermanitas… mis hermanitas… le decía inconsolablemente.

-Tranquilo amigo, tranquilo. ¿Cómo te llamas?

-Ángel….

-¿Y cuántos años tienes Ángel, dónde vives….o dónde están tus papás?

– Siete… tengo siete años… mis papás… no quiero verlos. Acompáñame por favor, por favor…. Mis hermanitas están llorando.

El chico no lo dudó siquiera. Me tomó de la mano a un par de cuadras donde estaba el negocio de mis papas, afuera en el número 1370 había un letrero que decía “Autolavado Los Pits”.

-Mira… le dije mientras sujetaba fuertemente su mano.

El joven se acercó por una rendija y lo que vieron sus ojos sería la imagen que jamás olvidaría. Era un cuarto oscuro y húmedo, en donde mis papás guardaban los botes de limpieza, el detergente, el shampoo, los cepillos y las aspiradoras. Adentro, mis dos hermanitas estaban amarradas por las manos y colgados de sus bracitos, estaban hambrientas, golpeadas y deshidratadas. Sus caritas cansadas de tanto llorar, una de seis años y la otras de siete. No sólo eran mis hermanitas, fueron mis compañeras de juego mientras nuestros papás no nos veían.

El chico, me soltó la mano, sus ojos comenzaron a humedecerse y comenzó a temblar. Sacó el celular de su chamarra y se acercó un poco más a la rendija. Tomó una foto. No entendía para que les tomaba una foto, hasta que me dijo: “Ángel, no te preocupes, tus hermanitas estarán bien, acompáñame”.

Atravesamos la calle 5 de Febrero y avanzamos otras tres cuadras. Nos sentamos afuera de una tienda de abarrotes en un escaloncito.

¿Ángel, quieres un poco de agua?, asentí con la cabeza. Se metió a la tiendita y me compró una botella. Le di un trago que casi me ahogo.

El joven temblada, pero me decía que todo estaría bien, que no me preocupara. Sacó nuevamente su teléfono y comenzó a marcar. No parecía que esperara que alguien le contestara, simplemente oprimía las teclas muy rápido. Creo que estaba enviando un mensaje.

Puso su brazo sobre mi hombro y me sonrío. No olvidaré esa sonrisa. Pasaron unos minutos, no sé cuántos, tal vez una hora o un poco más. De pronto se escucharon las sirenas de una patrulla. Llegaron hasta donde estaba el autolavado. Se bajaron dos policías, y fue hasta entonces cuando vi a mi mamá. Se veía nerviosa, muy nerviosa, los policías entraron mientras llegaban más y más carros de patrullas. Luego llegó una ambulancia y se bajaron corriendo los doctores. En unos segundos más vi como subían a mis hermanitas a la ambulancia, mientras que a mi mamá se la llevaban en una de las patrullas.

-Te tengo que llevar con la policía, me dijo el chico.

-Noooo, por favor, con la policía no. Yo sólo quería que mis hermanitas estuvieran bien.

-Y van a estarlo. Y tú también estarás mejor, me decía el chico.

-No… con la policía no, quédate conmigo le dije.

-Es que no me puedo quedar contigo. Necesitas ser fuerte Ángel.

Pasó tal vez otra media hora, y seguíamos sentados en aquel escalón. Se acercó el tendero y le preguntó el chico que si todo estaba bien. Él le dijo que si, que no había ningún problema.

-¿Estás mejor? Me dijo.

-Si… gracias. Mucho mejor. Aunque no se me quita ese olor a pinol.

-¿A pinol?

-Si… a poco no hueles como a pinol. Es fuerte el olor.

-No.. la verdad no huelo a nada. Aunque…

-Se acercó a mi cabeza, me dio un beso en el cabello y me dijo, tienes razón. ¡Hueles a pinol!. ¿Pues en dónde estabas metido? Me dijo con cierto tono de complicidad.

-¿Quieres saber?.

-Claro Ángel, dónde diablos estabas metido, hasta ahora que me lo dices me he dado cuenta que hueles muchísimo a pinol… como si te hubieras bañado con puro pinol.

Mientras platicábamos, llegó otra patrulla al autolavado. Traían guantes y una pala.

-Ven, vamos a ver qué hacen, me dijo mi nuevo amigo.

Desde afuera veíamos cómo comenzaron a cavar en el centro del patio. Una palada, dos, tres.

Uno de los oficiales, les dijo que excavaran más despacio, pues las palas habían topado con algo. Era un bote azul, de los de sesenta litros.

-Ahí guardaban el pinol mis papás, le dije a mi amigo. Hace un año mi papá me golpeó hasta que se cansó. Me rompió la cabeza y varios huesos. Hizo una mezcla de cemento y me metió dentro del bote de pinol. Enfrente de mi mamá, que no hizo nada por impedirlo, me enterró y ahí precisamente en ese bote azul que ves, es mi última morada.

¡Gracias!, le dije al chico mientras le daba un beso en la mejilla a manera de despedida, caminé hacia aquel patio en donde mi cuerpo estaba sepultado.

El tendero salió nuevamente a preguntarle si todo estaba bien. La botella de agua estaba casi a la mitad. Mientras el confundido chico le decía que sí con la cabeza, su mirada no se despegaba de mi última morada color azul.

Colaboración: Makabrown
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