La despedida -cuento-

Puedo sentir que no estoy solo, hace mucho frío y tengo mucho miedo. Mucho miedo.

Por: MakaBrown

Fui a aquella casa que tenía varios meses abandonada. Quise aprovechar para barrer las hojas caídas de los árboles y desempolvar un poco los muebles.

Aproveché la visita para hacer limpieza del closet, pues mucha ropa ya ni me quedaba, ni me la ponía.

El ambiente se sentía muy extraño, la temperatura comenzó a descender y podía sentir la presencia de alguien.

Pero ahí estaba, yo solo. En medio de la sierra con la oscuridad tan densa que aquellas lámparas de led apenas iluminaban.

Tomé dos sudaderas, las cuales en su mejor época eran mis favoritas. La negra y la roja. Mis colores favoritos.

Un pantalón de vestir que estaba manchado de la última fiesta a la que asistí. El suéter negro también lo puse en aquella bolsa de plástico. La camisa de manga larga que estaba…. ¿húmeda? … si, era como si estuviera mojada.

Acerqué un poco la lámpara para ver detalle y era… ¿sangre?… no entendía… ¿sangre de dónde o de quién?. Me dio miedo, mucho.

Podía escuchar una respiración en mi cabeza. Como si alguien estuviera conmigo en aquella cabañita.

Me levanté de prisa y en una chamarra de piel, que ya estaba toda roída, se cayó un pequeño papel, era como una hoja cuidadosamente doblada en cuatro partes. La desdoblé y vi de cerca con la poca luz que había. Era una carta muy misteriosa, escrita a mano.

“Estoy aquí en esta habitación casi a oscuras. Puedo sentir que no estoy solo, hace mucho frío y tengo mucho miedo. Mucho miedo. Se han escuchado varios ruidos extraños y he visto sombras. Se que voy a morir. Puedo asegurarlo. Por eso escribo estas líneas; sé que mi muerte está más cerca que nunca. Si alguien encuentra mi cuerpo, por favor, díganle a mi familia que los amo, que los quiero mucho, y que estoy muy orgulloso de cada uno de mis hermanos. Un beso a papá y a mamá. Se que esta carta es de mi despedida. Hasta siempre…”.

Cuando intenté correr hacia la puerta, ya era demasiado tarde.

Una mano me sujetó por el hombro y en la base del cuello pude sentir como se clavaban aquellos afilados colmillos derramando un hilillo de sangre. En la carta estaba escrito mi nombre.

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