La ceniza que siempre quise poner

Estuvo chido. Neta. Aún los más ateos de mi casa escucharon mis palabras

Desde muy morrillo cuando íbamos en familia al inicio de la Cuaresma con el miércoles de ceniza, siempre me preguntaba qué se sentiría ser sacerdote para la poner la ceniza.

Toda la vida pensé que la ceniza provenía del polvo de los muertos, cuando los incineraban. Me imaginaba como nos ponían en la frente esa crucecita negra tipo “polvo de momia”. Mi imaginación volaba pensando cómo todos caminábamos por la calle con un poco de “muerto” en nuestra frente.

Tenía varios compañeros en la primaria que no se bañaban por no quitársela… o mejor dicho, eran tan cochinones que se les olvidaba siquiera lavarse la cara, y lo que quedaba de la cruz negra los delataba.

Aunque soy católico por familia, más que por una práctica de golpes de pecho, siempre he creído en un ser superior. Algunos lo llaman Dios. De hecho, creo en Dios. A veces pienso que soy medio irreverente, pero luego me consuelo al pensar que Dios me hizo así. Que así me acepta y que Dios es buena onda y me perdona cuando estoy arrepentido de a neta.

Hoy Miércoles de Ceniza y con esto de la pandemia, he aprendido varias cosas. Una… que por fin supe qué se sentía “imponer la ceniza”.

Cuando mi esposa fue por la bolsita de ceniza al templo, de dieron una hojita de un cuarto de carta. Venían las “instrucciones”. Creo que con esas instrucciones se me hizo más sencillo. Más allá de los rezos, que los hicimos con toda solemnidad y respeto, el mensaje del Evangelio estaba de lujo. Me llegó. La neta me llego.

En resumen decía tres puntos importantes que explico a mi modo: 1.- Cuando apoyes a alguien no lo presumas. 2.- Cuando ayunes no te hagas la víctima y 3.- Cuando hables con Dios.., no es necesario que lo hagas público. Dios está ahí siempre y puedes cotorrear con él de día, de noche, en tu cuarto, con luz… o con oscuridad.

Estuvo chido. Neta. Aún los más ateos de mi casa escucharon mis palabras. Me sentí importante. Es más… creo que hasta les llegó a lo más profundo de su corazón.  Con toda la seriedad como jefe de familia, puse uno a uno la ceniza en su frente. A pesar de encontrarnos en casa, seguimos el protocolo de usar cubrebocas, ya que lo indicaba en la hojita de las “instrucciones”.

“Conviértete y cree en el Evangelio” les dije uno a uno. Luego me miré al espejo e hice lo propio conmigo mismo. Mi gran calva consiguió que pusiera una cruz enorme. Me da risa, pero tengo que aceptarlo, tengo una frente muy amplia.

El Miércoles de Ceniza nos recuerda que nomás estamos aquí por un ratito. Que la vida en el mundo es pasajera. Que estamos hechos de polvo y que en polvo nos convertiremos.

En estos tiempos de pandemia, donde hemos perdido muchos familiares, amigos, compañeros y conocidos, nos viene a reforzar esta parte. Estamos aquí un pinche ratito… y nada más. Hechos de polvo y convertidos en polvo… y nada más. Es solo un rato… un triste ratito el que pasamos por esta experiencia llamada vida, y a veces nos guardamos muchas cosas en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestra compu, en nuestros apuntes, en la boca, en la palabra escrita, en nuestras diversas expresiones.

Esta pandemia me ha brindado la oportunidad de “imponer la ceniza” y cumplir con un sueño extraño de niño. Debe ser padre colocarle a todo el pueblo y decirle.. “We…we… te vas a morir. Yo también me voy a morir. Estás aquí un rato…. Nada más. Un abrir y cerrar de ojos. ¡¡Disfruta la vida chingao!”.

Hoy me quité algo de ignorancia. Las cenizas, ese polvito negro no es de muertos. Es de la quema de las palmas y olivos del “Domingo de Ramos” del año pasado.

 

 

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