
Irapuato, Guanajuato.- Entre fibras de pasto seco, paciencia y tradición, Gilberto ha construido una vida dedicada al arte del popotillo, una técnica ancestral que encontró en Guanajuato no solo un nuevo hogar, sino también una fuente inagotable de inspiración.
Originario de Puebla, este artesano lleva más de 40 años trabajando con una técnica heredada por generaciones en su familia. Su historia, sin embargo, no comienza en un taller, sino en las faldas de un volcán: el Popocatépetl, donde nace la paja conocida como popotillo, materia prima de sus obras.
“Es una técnica de herencia familiar. Viene de mi madre, de mi abuela”, relató. Su abuela, Manuela Hernández, fue una de las portadoras de este conocimiento que, según cuenta, tiene cerca de 200 años de historia.

El arte del popotillo consiste en crear imágenes utilizando pequeñas hebras de paja natural, cuidadosamente colocadas para formar paisajes, figuras y escenas llenas de detalle. Cada pieza requiere tiempo, precisión y una gran sensibilidad artística.
Hace tres décadas, el destino lo llevó a León. La razón, dice entre risas, fue el amor. “Dicen que donde manda el corazón… mi esposa es de León, y aquí me quedé”. Desde entonces, ha adoptado plenamente la vida guanajuatense. “Ya soy más de aquí que de allá”, afirmó con orgullo.
En estas tierras, Gilberto no solo echó raíces personales, sino también creativas. Sus obras han encontrado nuevos colores, paisajes y motivos que reflejan la esencia del Bajío, fusionando la tradición poblana con la identidad de Guanajuato.
Sin embargo, el paso del tiempo ha traído nuevos retos. La continuidad de esta técnica artesanal enfrenta el desinterés de las nuevas generaciones. “Se va perdiendo la técnica. Ahora los jóvenes están más enfocados en otras cosas, ya no tienen tanta paciencia”, lamentó.
Aun así, mantiene la esperanza. Sus hijos, aunque divididos entre estudios y trabajo, han aprendido el oficio y lo apoyan cuando el tiempo se los permite. “Sí saben hacerlo, ahí la llevan”, dice con una sonrisa.

Hoy, Gilberto representa mucho más que un artesano: es un puente entre el pasado y el presente, entre Puebla y Guanajuato, entre la tradición y la resistencia cultural.
En cada obra de popotillo no solo hay pasto convertido en arte, sino también una historia de identidad, migración y amor por un oficio que, pese a los cambios del mundo, se niega a desaparecer.
