Irapuato, Guanajuato.- Para muchos, la jubilación representa descanso. Para otros, un vacío difícil de llenar, pero para Don Fernando Morales, fue el inicio de una nueva historia: la de convertirse en artesano cervecero y reencontrar un nuevo sentido de la vida.
Durante años, Don Fernando trabajó como técnico en Telmex, una labor que le exigía disciplina y constancia. Sin embargo, al llegar el retiro, la rutina cambió drásticamente. La inactividad comenzó a pasarle factura, no solo en el ánimo, sino también en la salud.
“Después de que me jubilé, la inactividad sí me estaba pegando muy feo”, recordó. La lumbalgia y el desánimo eran parte de sus días, hasta que una visita familiar cambió el rumbo.

Fue su hijo mayor, quien trabajaba en Mexicali en una empresa dedicada a la venta de cervezas extranjeras, quien sembró la idea; “Él fue el que me dijo: ‘¿por qué no haces cerveza?’”, relató Don Fernando, aunque al inicio dudó, “yo le decía que no sabía nada”, pero la curiosidad pudo más.
El primer paso fue acercarse a la Asociación de Productores de Cerveza del estado de Guanajuato, donde tomó su primer curso. Ahí comenzó un proceso que no solo implicaba aprender técnicas, sino reconstruirse a sí mismo.
Desde 2015, Don Fernando elabora cerveza artesanal. No ha sido un camino sencillo: cada estilo que produce le ha tomado cerca de un año de prueba y error hasta lograr el sabor deseado. Hoy, a una década de haber comenzado, ofrece ocho estilos distintos.
Su producción es limitada y cuidadosa. Solo elabora cerveza dos veces al año, principalmente para eventos como la feria de enero y la de verano en León, y la esperada Feria de las Fresas en Irapuato. Cada lote requiere alrededor de tres meses y medio de preparación.
Más allá del proceso técnico, lo que realmente transformó su vida fue la actividad misma.
“Sí nos hace poner en actividad, desde buscar los insumos hasta preparar la cerveza”, explicó Fernando. Y aunque pueda parecer sorprendente, asegura que gran parte de sus problemas de salud mejoraron. “Aunque no me crea, la mayoría sí”, dice con una sonrisa.
Pero la mayor recompensa no está en la producción ni en las ventas, sino en la reacción de quienes prueban su cerveza por primera vez.

“Mucha gente la prueba con desconfianza, pero cuando les gusta, se vuelven nuestros clientes”, comentó. “La satisfacción más grande es ver la expresión de alegría en la gente”.
Paradójicamente, Don Fernando es más conocido fuera de su tierra que dentro de ella. En León, su cerveza ya tiene seguidores fieles, mientras que en Irapuato aún busca abrirse camino.
Sin embargo, eso no parece preocuparle demasiado. Su historia no es solo la de un producto, sino la de una reinvención.
Porque para Don Fernando, la jubilación no fue el final del camino… sino el inicio de una vocación que le devolvió la salud, el propósito y el gusto por crear.
Hoy, en cada botella, no solo hay cerveza artesanal. Hay paciencia, aprendizaje y la prueba de que nunca es tarde para empezar de nuevo.