«Dios me cuidó y no me llevó la corriente»

como mi padrino era teniente del ejército habló a la policía y preguntó qué había de cierto, yo escuché cuando le dijeron que no se preocupara, que sólo rebasaría las banquetas el agua

Por Juan López Luna

Irapuato, Guanajuato.- Don Juanito López Luna, recuerda las peripecias vividas en la inundación: “Tenía recién cumplidos 15 años y el 17 por la tarde llegamos de Mazatlán a la casa de la colonia Moderna, vivía con mis padrinos y el sábado en la mañana llegó de visita su hijo Jorge con su esposa y cuñada con 2 bebes y un niño…

A esas horas había un alboroto porque se temía la inundación, como mi padrino era teniente del  ejército habló a la policía y preguntó qué había de cierto, yo escuché cuando le dijeron que no se preocupara, que sólo rebasaría las banquetas el agua, por esa razón no quiso que subiéramos las cosas a la planta alta, nos fuimos todos a la terraza y vimos como a la 1 de la tarde que entraba el agua, pero en un tris subió el nivel a más de un metro y Jorge tuvo que irse nadando porque tenía que llegar al colegio militar en México…

Al poco tiempo el carro impala que dejó ya se lo estaba llevando la fuerza del agua, pero yo sin medir el peligro, me descolgué con una reata y como pude lo amarré de la llanta trasera y lo salvé, aunque perdí un zapato, el resto del día estuvimos viendo cómo pasaban flotando muebles y objetos que se salieron de muchas de las casas ricas…

Pero como casi toda la gente no teníamos comida ni leche para los bebés, así que el domingo fui a buscar comida, porque mi padrino ya era grande de edad, me armé con un palo de escoba y con él contrarrestaba la fuerza de la corriente, que aún era fuerte y me llegaba al pecho porque era chaparrito, de Concordia llegué a Francisco Sarabia y fui cuidando de no caer en alguna alcantarilla,

… al llegar a Castillo Bretón por lo ancha de la calle la corriente estaba demasiado fuerte y no se podía pasar, varios hombres lo intentaban con cuerdas y ni así, pero a mí se me ocurrió irme hasta casi la esquina de Lázaro Cárdenas y dejar que la corriente me empujara, pero al mismo tiempo con el palo de escoba me fui aventando a la izquierda y pude brincar al otro lado, luego en la tienda de Don Octaviano pude comprar galletas, pan bimbo, leche enlatada y atunes, sobra decir que había mucha gente…

De regreso hice la misma operación para cruzar la calle, pero sin tomar en cuenta que hasta la fecha no sé nadar, así que si hubiera fallado me ahogaría. Por la tarde las mujeres me pidieron las llevará a Bolívar con sus padres, ya era menos el agua, pero en Guerrero el nivel estaba a más de un metro y en Bolívar más, entonces cortamos por la calle del Templo de Los Dolores donde las banquetas son muy altas…

Sin embargo, había escombros de casas caídas y resulta que segundos antes de pararnos frente al templo, atrás de nosotros se vino abajo otra casa y de milagro no nos aplastó, la gente vino a ver si estábamos bien y con unas cuerdas nos ayudaron a regresar porque adelante estaba más hondo y había peligro de más derrumbes, así que nos regresamos a la casa. No es que fuera valiente, más bien inconsciente del real peligro.”

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