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El Ejército Rojo en Irapuato

RINAT DASAEV IRAPUATOVivía a tan solo dos cuadras del aquel glorioso y mundialista Estadio Irapuato, era el día del partido. La cita se había llegado. Por toda la calle Guerrero, miles de personas se vestían de colores, muchos extranjeros, llevaban colores amarillo y rojo. Era impresionante como los gritos, el ruido, el festejo, las risas de gente que jamás se me hubiera ocurrido verlas en persona.

Y es que con tanto maquillaje, pinturas, y gorros, todo en Irapuato era una fiesta. Apenas unos días antes tuve la suerte de conocer el “Ejército Rojo”. Y es que la entonces Unión Soviética se hospedo en el hotel Florida, y el colegio estaba exactamente enfrente. Mediante algunos convenios, los rusos iban a entrenar en el campo de la secundaria.

Sólo tenían que atravesar la pequeña callecita, y ya estaban dentro. La primera vez que fueron mis compañeros y yo estábamos en uno de los recesos de clases. Todos nos quedamos de “guauuu”, era impresionante ver a aquellos jugadores de fútbol, porque en realidad, más que futbolistas parecían guerreros. No soldados, guerreros. Alineados, disciplinados, concentrados, todos en una fila, caminando a paso firme rumbo a la cancha. Atravesaron el patio de lado a lado mientras los veíamos a tan solo unos metros. Al final de la fila estaba el que era considerado el mejor portero del mundo: Rinat Dasáyev.

Era mi ídolo, pues en los equipos de la escuela yo jugaba en la misma posición, defendiendo la portería.  Era mi sueño, ver el portero más grande del mundo en persona. Desde que iniciaron la parte de calentamiento se veía una envidiable disciplina. Todo en orden, todo alineado, todo parejo. Fue la primera vez en mi vida que podía ver lo que era una verdadera disciplina. Aunque ya conocía lo que significa el Tae Kwon Do y la disciplina Coreana, los rusos eran más… más fuertes, más rectos.

Por aquella época, (al igual que en todos los mundiales) estaba de moda un álbum con estampitas de los jugadores. Ya había llenado el mío, y sabía que había una nueva oportunidad para ver a los rusos en el colegio.

Las clases empezaban a las ocho de la mañana. Yo sabía que irían a entrenar desde las siete. Esa noche no dormí. A las seis y media ya me estaba bañando y en tres minutos ya estaba en la puerta de la escuela. Aún ni la abrían.  Uno de los prefectos abrió la puertecita del portón trasero. Le dio risa cuando me vio, “ojalá vinieran los rusos todos los días” me dijo. Entré y me puse en la mera entrada de la cancha. Uno a uno de los soldados rojos fueron entrando. Al final ya sabía quién venía. Vencí toda mi timidez, y me puse a gritar como loco “Rinat”, Rinat”, mientras le mostraba mi álbum de estampita y le mostraba una pluma en busca de su autógrafo. Rinat ni siquiera volteó.

Me fui muy decepcionado hacia mi salón. Aún estaba vacío pues era muy temprano. Y desde uno de los pasillos del segundo piso veía el entrenamiento sin muchas ganas. El día transcurrió normal y el día siguiente era el partido contra Hungría. Ya tenía los boletos para ir con mi hermano menor. Fue cuando me di cuenta que Irapuato no era Irapuato. Todo la gente era diferente, todos hablando otros idiomas, y mucho color, muchas risas.

Cuando entramos al estadio Rusia ya iba ganando 1-0. Parecía como si el gol lo hubieran anotado desde el vestidor. Y cuando nos sentamos ya iban 2-0. A Dasáyev ni siquiera lo vi jugar, pues los rusos golearon a los húngaros por el escandaloso marcador de 6-0. Creo que Rinat ni siquiera tocó el balón.

Faltaba todavía otro partido de Rusia contra Canadá en el que también estuvimos presentes, los rusos hicieron lo suficiente y vencieron a los canadienses por 2-0. Guardé los boletos porque sabía que eran históricos, los puse dentro de un libro de la biblioteca de la casa. Ahí aún siguen guardados celosamente.

El último día que estuvieron los rusos ya no tenía muchas ganas de conseguir el ansiado autógrafo del mejor portero del planeta. Ni siquiera me lleve mi álbum. Total, sabía que los soldaditos rojos ni siquiera volterían a verme. El mismo ritual, la misma rutina. Salieron de la cancha en una misma hilera, rumbo al hotel. Cuando ya estaban atrevesando el portón, sucedió lo inesperado. Rinat se detuvo un por un segundo, y volteó hacia donde yo estaba. Lo salude de lejos, pero para la sorpresa de mis compañeros (y la mía por supuesto) Rinat se regresó corriendo hacia donde estaba, puso su mano en mi cabeza y dijo una palabra que no entendí, pero según yo las traduje como “Suerte campeón”.  Rinat regresó hasta donde estaba la fila, mientras los soldados rojos se perdían en el interior del hotel. Irapuato, no fue Irapuato durante el mundial de México 86.

Por: Davinchi
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