Un paseo por el tiempo…los domingos en el dique de Arandas

Cuando Irapuato era un pueblito pintoresco de la provincia mexicana; era una vida llena de trabajo y de paz, la modernidad apenas se asomaba y los habitantes vivían felices con lo que tenían

Mientras les hacían de comer, los niños se metían a nadar

Por: Juan José López Luna  Fotos: ADP

Cuando Irapuato era un pueblito pintoresco de la provincia mexicana, a mediados del siglo pasado, llegaba de la Calzada Insurgentes a lo que hoy es el bulevar Lázaro Cárdenas (Sur a Norte) y de la estación del tren al Barrio de La Salud y San Antonio, todo lo demás a su alrededor eran puras huertas y grandes extensiones de cultivos…

Era una vida llena de trabajo y de paz, la modernidad apenas se asomaba y los habitantes vivían felices con lo que tenían…

a pesar de lo pequeño del pueblo, los fines de semana la gente tenía muchos sitios a donde pasear y distraerse, uno de ellos era el Dique de Arandas, que quedaba al Norte y muy lejos, pero los domingos, las familias después de ir a misa a la Parroquia o a su templo, cargaban comida en bolsas y canastas, y tanto abuelos, padres, tíos hijos y hasta compadres y vecinos se echaban a caminar todo la calle principal atravesando el pueblito, llegando a los viveros “Revolución” subían al puente San José o de Los Pilones para brincar el brazo del río Silao, luego entraban a la larga muy larga mezquitera (hoy Bulevar Arandas) y mientras caminaban por la terracería, jóvenes y niños cortaban mezquites para comerlos y al mismo tiempo admirar los sembradíos en ambos lados del camino…

Otras familias que tenían caballos, burritos o carretas, realizaban el viaje en ellos y cargaban con sillas y hasta braseros…

todo el trayecto era parte del paseo, pues había huertas de sandías, melones y jícamas, y así el viaje era menos pesado; comiendo y caminando…

Y por fin, se llegaba al Dique, donde sus aguas eran cristalinas, había pececillos, charales, carpas, justo donde bajaba la gente hacia el río, estaba una casa de puro adobe, tenía una tiendita donde se encontraba todo lo complementario para el día de campo; jitomates, cebollas, chiles, cilantro, aguacates, queso de rancho, sal, azúcar, bolillos y hasta refrescos de caballitos, orange crush, coca cola, pecsi cola y chaparritas…

el lugar era vasto y se llenaba de familias que se acomodaban debajo de los frondosos árboles de Sabino y su fresca sombra invitaba a tender unas cobijas y acostarse a mirar el cielo azul, azul y nubes blancas como la leche, mientras los niños pedían al padre o tío les hiciera un columpio con las reatas o lazos, las mujeres se dedicaban a preparar la comida y muchos de los jóvenes y pequeños se metían a bañar en los recodos del río, otros pescaban sentados en las compuertas y unos más trataban de agarrar charalitos en redes de costales de raspa, los más aventureros subían al cerro de Arandas para cortar garambullos, tunas silvestres, nopales y pencas al mismo tiempo que juntaban leña para asar la carne, el chorizo y la cecina…

Después de la opípara comida, la diversión seguía, las jovencitas gustaban jugar a los encantados, a la rueda San Miguel, a María Blanca, a la pelota o a brincar la riata, en tanto las madres y abuelas aprovechaban las brasas del improvisado fogón para asar unos elotes y dorar tortillas, que venían siendo como el postre…

Sin embargo la zona donde estaban las compuertas del Dique no era la única donde paseaba la gente, pues hacia arriba, como si fueran a la presa El Conejo, había un puente hecho de troncos de árbol, donde sólo cabían una persona de ida y otra de venida, la arboleda era toda la orilla del río, luego hacia abajo; San Antonio de Ayala, Españita, parque ecológico, San José de Jorge López, La Charca, El Guayabo y otros puntos, el agua y las sombras eran igual que en el Dique, habiendo existido también el Dique de San Antonio, el puente de piedra de Españita, incluso en la Hacienda de Españita tenía un embarcadero y sus habitantes paseaban en canoas y lanchas por el río…

Todas estas maravillosas zonas de paisaje y paseo las pudieron disfrutar los irapuatenses hasta mediados de los años 70s, pues con los asentamientos aledaños al río aquello se fue convirtiendo en basurero y depósito de aguas negras, sin que nadie haya tratado hasta la fecha de rescatar esa joya del medio ambiente.

Varias de las haciendas que desde poco después de la llegada de españoles al nuevo mundo se construyeron en las vastas tierras de lo que luego sería el municipio irapuatense, seguían funcionando y las parcelas dando frutos…

una de esas haciendas era la de Arandas, donde sus primeros dueños aprovecharon las aguas del río Silao y su cercanía a éste, construyeron un Dique…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba
Cerrar