Terror en el Terremoto -cuento 003-

No lo podíamos creer, se acercaba nuevamente esa sombra misteriosa.

Por: MakaBrown

Terror en la calle Terremoto es una historia de fantasmas en Guanajuato, que te dejara los pelos de punta.

-¿Sabes lo que tienes en tus manos?, me preguntaba Samuel.

-¿Tienes siquiera la mínima idea de lo que estoy pensando?. Me insistía.

Samuel llevaba muchos años trabajando como guía de turistas. Y se las sabia de todas… todas. Y las que no las inventaba el muy hijo de su madre. No dejaba ir vivo a un solo turista. Mínimo un cincuentón le daban por sus “asesorías turísticas”. Siempre ganaba.

-Aquí tienes más oro que la Mina de la Valenciana. ¿Sabes lo que es tener un sembradío de momias mi´jo?.

– ¿No tienes miedo we?, le pregunté.

– Miedo de qué, si no le tengo miedo el triste coronavirus… las momias me la pelan we, la Llorona me la pela… los vampiros…

-¡Shhhh!….. con los vampiros no te metas we, con los vampiros no, le recriminé

Estábamos entrados en la plática cuando llegó la Brandy. Aquella chiquilla baby de Tepetapa. Brandy tendría unos diecisiete años, guapita, sexy, buena onda. Era la novia del Samuel. Bueno, ¡era la novia de todos!, pero el oficial era el Samuel.

-¿Una chelita?, le preguntaba mientras le servía en un vaso de nuestra caguama.

Se la tomó de un trago.

-¡Harto calor morros, me moría de sed!.

Ya con tres caguas encima, el Sam empezó a alucinar.

-¿Entonces qué, mi Maka? se va a hacer o no se va a hacer.

-Es que no me has dicho bien qué es lo que quieres.

– Haber ca… que parte no entiendes de VA-MOS-A-HACER-BI-LLE-TES-CON-LAS-MO-MIAS no entiendes?.

– Mira… ya tenemos una “parcelita” de momias.

-Wey, no es tan fácil.

– ¡¡Cómo carajos no, si lo estoy viendo!!.

-¡Hay un chorro de momias…. Incluso hasta la Llorona, no manches!.

-No sé cómo, necesito pensarle un poco, podemos por ejemplo… vender momias en el mercado negro. O bien, hacerlas polvo y venderlas en un sarcófago, que te parece el “polvo de momia”. O por Facebook… no se we…. Déjame pienso.

– ¿En verdad no les da miedo chicos?, preguntó Brandy.

– ¡Miedo que no abra “Doña Pelos” para vendernos otras caguas…!

Ja, ja, ja, rieron.

Doña Pelos

Tomamos el cartón de cervezas y caminamos por la calle del Terremoto, “Doña Pelos” nos vendía a cualquier hora. Y hasta nos fiaba.

-¡Buenas noches jóvenes!, era un anciano con una canasta de pan que nos saludaba amablemente por aquella oscura calle.

-Buenas noches don… – respondimos-

– ¡Qué señor tan raro!, dijo Brandy.

– ¿Qué tiene de raro?.

-¿No le vieron los ojos?, ¡los tenía en blanco!.

-No manches.. cómo crees.

-Cuando íbamos a la altura de los arquitos que dan a la ISSEG, vimos una sombra. ¡Era el mismo anciano!

– ¡Buenas noches jóvenes!, nos dijo nuevamente…

No entendíamos que había pasado, lo acabamos de saludar tan sólo unos metros atrás.

Llegamos con Doña Pelos y nos vendió el cartucho de caguas. A precio de oro, pero no había más.

De regreso, rumbo al callejón… no lo podíamos creer, se acercaba nuevamente esa sombra misteriosa. Era el mismo viejito de los ojos blancos. No le contestamos el saludo.

Los tres corrimos tan rápido como nuestras patas nos lo permitieron… ya cuando faltaban unos metros para llegar y sin aire en los pulmones… ¡¡Ahí estaba otra vez!!! El carajo viejito no se pudo haber desplazado tan rápido.

Esta última ocasión, no nos saludó. Solamente puso su canasta de pan sobre unos escalones.

-Amigos… ¿tendrán un poco de polvo…? –nos preguntó-

– Polvo… polvo de momia.

Entramos deprisa mientras destapábamos una cagua cada quien. Esa era la respuesta para Samuel: en verdad no teníamos una idea de lo que teníamos en nuestras manos.

(continuará)

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