Siniestro amor -cuento-

¿Crees que algún día podamos ser felices, me refiero… como la mayoría de las parejas, en las que viven juntos, hacen el amor, conviven y viven con intensidad?.

Por MakaBrown

Vivir con muertos era ya una costumbre. Era de lo más común. Al principio cuando llegue a habitar aquel departamento de la calle Soledad si sentía mucho miedo, pero poco a poco fue formando parte de mi vida. Una noche fría de noviembre llegue cansado del trabajo. Me saludó “La Sombra”, aquella fiel doberman que siempre dormía en las escaleras.

Me acompañó hasta el tercer piso moviendo su cola hacia ambos lados. No tenía algo para saciar su hambre, pero si le di una palmada en el hocico a manera de saludo, y aunque no se le quitaba el hambre con eso, por lo menos su alma canina me lo agradeció profundamente, pude sentirlo al ver su ojos negros.

Al abrir la puerta ahí estaba “Ella”.

– Ya vine -le dije mientras aventaba el casco de minero sobre el pequeño sillón derruido.

– ¿Cómo te fue? –me preguntó Claudia poniéndose de pie-.

– ¡Bien cansado!. Esto de la mina me esta matando”. – comenté-.

– ¿Quieres algo de cenar? –preguntó aquella fantasma con un tono de ternura-.

– ¡Me comería un león entero!, pero es más grande mi sueño. Mejor vámonos a dormir”

– Como tú lo prefieras –asintió Claudia-.

– Nos fuimos a la recámara, me quite las botas y el pantalón. Me deje aquella camiseta blanca porque hacía un frío de la chingada. Claudia se acostó del otro lado de la cama, su camisoncito transparente no dejaba huesos a la imaginación.

Nos cubrimos con aquella cobija verde a cuadros cafés. Quedamos frente a frente. Si ustedes hubieran visto su rostro seguramente se morirían de miedo o por lo menos sentirían una gran repulsión. Su cuerpo era cadavérico, podían verse sus costillas bajo aquel ligero manto que siempre vestía. Sus ojos eran grandes y desorbitados, su piel blanca, muy pálida, su cabello negro desaliñado y sucio, y en su cabeza aún se veía el lugar donde aquel golpe que le había dado su esposo con un marro y la había matado. El olor… era lo más fétido y asqueroso que su imaginación les pueda mostrar…

No sólo se veía el área morada, sino que tenía algunos gusanos que continuaban comiendo eternamente aquella masa encefálica. Tal vez para más de uno de ustedes esto sea algo asqueroso, incluso grotesco, pero para mí era parte importante de mi vida. Era diario… diario… era una costumbre, era un amor. Ni siquiera recuerdo cómo llegó a mi vida… sólo sé que formo parte de su muerte.

La lamparita del buró permitía que nos viéramos perfectamente uno al otro. No era necesario platicar. Ella me conocía tan bien como yo a ella. Ella murió triste, víctima de la violencia que le propiciaba su esposo. El alcohol y la neurosis habían hecho que un día su cabrón perdiera el control, tomando en sus manos un marro con el que trabajaba en la obra de albañil. Sólo fue un golpe. Uno duro y certero fue más que suficiente para quitarle la vida a Claudia, aquella buena mujer cuyo único pecado fue haberse juntado con aquel bastardo.

Aunque ya casi no hablábamos de nosotros aquella noche sería inolvidable para ambos. -¿Has platicado con alguien acerca de nuestra relación?. –dijo rompiendo el silencio-.

-No. –contesté a secas-

-¿Por qué?, ¿es que acaso te da pena vivir conmigo?.

-No Claudia, cómo crees -le decía mientras acomodaba su cabello que le cubría parte de la frente-. Lo que pasa es que la gente es rara. Muy rara. Si yo comentara con alguien acerca de que vivimos juntos, seguramente la raza me tacharía de loco. ¡Si así!, muchos creen que me drogo o que el mezcal me ha dañado el cerebro.

¡Imagínate si les digo que vivo con una bella fantasma!.

-¡Ja, ja, ja!, gracias por lo de bella”. -Me dijo con una sonrisa en aquellos labios morados-.
-Pero no me lo tomes a mal …–quise corregir-

-¡¡Calla!! -me interrumpió- no es necesario que me lo expliques. ¿Crees que algún día podamos ser felices, me refiero… como la mayoría de las parejas, en las que viven juntos, hacen el amor, conviven y viven con intensidad?.

– Seguro que algún día, ¡seguro!. –le dije eso para darle esperanzas-.

– ¿Y crees que sea pronto?” –me preguntó con emoción-

– No se. La neta no lo se –contesté sinceramente-.

Creo que ese momento por fin ha llegado. –dijo mientras sonreía y apagaba la pequeña lamparita.
Me senté al borde de la cama. No entendía que era lo que Claudia me quería decir. De pronto sonó algo en la azotea. Se escuchaban algunos murmullos y como si arrastraran cosas en el área de la tubería de los tinacos.
Me puse el pantalón y una chamarra.

– Espérame aquí- -le dije a mi extraña compañera-.

Subí por aquella pequeña escalera. No se veía nadie. De pronto, detrás de un tanque estacionario de gas salió un sujeto con una navaja en la mano. No me dio oportunidad de nada. Sentí en mi espalda como se iba encrustando aquel filoso objeto. Poco a poco el calor de la sangre me recorría la espina dorsal.
Abajo escuchaba los ladridos de «La Sombra». El peso de mi cuerpo me ganó y no pude evitar caer como plomo hasta estrellarme contra el frío pavimento de la calle Soledad.

El cansancio de había ido. El dolor también. Mi cabello comenzó a ondear con el aire que se acaba de soltar. Aunque sabía que mi cuerpo estaba morado y mi cabeza hecha pedazos, una mano suave y tersa se posó sobre mis hombros.

– No te preocupes amor, por fin puedo sentirte.

Era Claudia. Su rostro era el más hermoso de que tuviera memoria. Su cabello negro, lacio limpio y bien arreglado hacían de su rostro una bella imagen, y para rematar sus ojos que destellaban tanta luz como un sol me hicieron sentir más tranquilo.

¡Bienvenido a la vida… a la vida eterna!, -me dijo- mientras nos dábamos aquel beso tan caliente y sobre todo tan esperado durante tantos y tantos años. Poder sentir su cuerpo y hacer el amor en aquella azotea de la calle Soledad, unir nuestros cuerpos hasta fundirlos en un sólo ser.

Abajo, «La Sombra» con su pelo negro y pecho dorado, veía mi cuerpo ensangrentado con un dejo de tristeza, mientras las luces de la ambulancia giraban iluminando todo el barrio, anunciando un gran accidente, el accidente del encuentro con mi verdadero y esperado amor.

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