
Pénjamo, Guanajuato.- No hay planta de chuzpata para continuar haciendo artesanías señaló Javier artesano tejedor de Santa Ana Pacueco. La disminución de plantas en lagos y ríos pone en riesgo la elaboración de artesanías de fibra vegetal.
Javier, quien es artesano tejedor, aprendió el oficio a los seis años y advierte que cada vez es más difícil conseguir la materia prima.
Antes de que las bolsas de plástico llegaran a los hogares y desplazaran buena parte de los objetos elaborados con fibras naturales, en las comunidades de la región ya se tejían tortilleros, paneros, cajones, portacubiertos, maceteros y una gran variedad de productos hechos completamente a mano.
Hoy, esa tradición sobrevive entre las manos de artesanos como Javier, pero enfrenta una nueva amenaza: cada vez hay menos chuzpata, la planta que utilizan como materia prima para elaborar sus piezas.
Aunque en algunas comunidades se le conoce como tule, Javier explicó que la fibra con la que trabaja es la chuzpata, una planta que tradicionalmente se obtiene de lagos y ríos. El problema, aseguró, es que los lugares donde antes abundaba han comenzado a quedarse sin ella.
“Normalmente de los lagos o ríos es donde se produce ese material. Por ejemplo, aquí en el lago de Pátzcuaro había bastante, ahorita ya es muy poco”, relató.
La disminución de la planta ha comenzado a complicar una actividad que durante décadas se transmitió de padres a hijos. Javier aprendió a tejer cuando apenas tenía seis años, guiado por sus padres y abuelos, y actualmente, a sus 35 años, acumula casi tres décadas de experiencia.
“Mis papás y los abuelos, y ahí se va transmitiendo de generación. Aquí andamos todavía”, contó.
El primer producto que aprendió a elaborar fue el tortillerito, una de las piezas más sencillas para quienes comienzan en este oficio. Con los años adquirió experiencia y aprendió a trabajar estructuras de herrería, diseños de animales y piezas cada vez más elaboradas.
Pero ahora el reto no solamente está en aprender nuevas técnicas o encontrar compradores. El principal problema comienza antes de sentarse a tejer: conseguir la materia prima. Para Javier, los efectos del cambio en las condiciones ambientales son evidentes en los sitios donde tradicionalmente se obtenía la fibra.
A pesar de las dificultades, Javier continúa recorriendo tianguis y ferias para ofrecer sus productos y mostrar lo que se elabora en su comunidad, la venta, reconoció, tampoco atraviesa su mejor momento.
Entre sus piezas más solicitadas se encuentran los tortilleros y tortilleros con tapa, que además de utilizarse en los hogares también son aprovechados para decorar arreglos florales y como recuerdos durante distintas celebraciones.
La versatilidad de la chuzpata permite que una misma pieza tenga diferentes usos. Los cajones pueden servir para guardar ropa o juguetes; los alajeros pueden convertirse en portacubiertos; los paneros pueden utilizarse como pequeñas cunas o moisés, mientras que los papeleros son empleados incluso como maceteros.
También están las tradicionales coronas para colocar cazuelas y ollas calientes, los portaflatos y los conocidos sopladores o abanicos manuales, utilizados para avivar el fuego durante las carnes asadas. Cada objeto representa horas de trabajo, pero también conocimiento acumulado durante generaciones.
Mientras los artesanos buscan mantener vigente su oficio, la disminución de la chuzpata plantea una pregunta sobre el futuro de esta tradición: ¿qué pasará cuando ya no exista suficiente materia prima para seguir tejiendo? La respuesta todavía es incierta.
Por ahora, Javier continúa cortando, secando y transformando la fibra vegetal en objetos que terminan en las casas de familias de distintas comunidades. Si el material continúa escaseando, no solamente se encarecerá la elaboración de las piezas, sino que también podría disminuir el número de personas que se dedican a este oficio.


