
Irapuato, Guanajuato.- Año con año, la familia Castillo está presente en el tradicional Viacrucis de la parroquia de La Divina Providencia en el Barrió de San José, en Irapuato. Con 63 miembros de 3 generaciones, su asistencia al evento está marcada por la fe, la unión y el paso del tiempo.
La representación del Viacrucis, es un legado que se hereda con orgullo y para la familia Castillo se ha convertido esta tradición en algo más que una costumbre.
En el corazón del céntrico barrio, donde cada viernes santo las calles se llenan de silencio y recogimiento espiritual, la familia encabezada por Doña Antonia vive su fe al asistir a la representación de la muerte de Cristo.
“Siempre estamos aquí”, dicen con convicción. Y no es una frase al aire. Desde que eran niños, los integrantes de esta familia han participado activamente en el Viacrucis, una de las expresiones más profundas de la tradición religiosa en Irapuato. Para ellos, no asistir no es una opción: es parte de su identidad.
La historia comenzó hace décadas, impulsada por los padres de familia, quienes sembraron en sus hijos el valor de mantener vivas las tradiciones. Hoy, esa semilla ha dado frutos.
Antonia Castillo, matriarca de la familia, recuerda con claridad cómo inició todo. “Vivíamos a un lado del templo, y desde ahí empezamos a venir”, relató. Aquella primera vez, apenas eran entre 13 o 14 familiares los que se reunían para participar.

Sin embargo, el tiempo ha sido testigo del crecimiento no solo de la familia, sino también de su compromiso. “Ahorita ya se está integrando más y más”, cuenta con una sonrisa. Actualmente, son 63 integrantes los que forman parte de esta tradición, una cifra que habla por sí sola.
Doña Antonia también rememora sus primeros pasos en esta práctica. “Cuando yo vine por primera vez, tenía 7 años”, compartió. Desde entonces, su vida ha estado ligada a esta expresión de fe. Con el paso de los años, se casó y, como si el destino lo hubiera marcado, volvió a establecerse cerca del templo, consolidando así una historia que continúa escribiéndose generación tras generación.
Hoy, hijos, nietos y nuevos miembros de la familia se suman año con año, reafirmando que las tradiciones no se pierden cuando hay quienes las viven con el corazón.
En la familia Castillo, el Viacrucis no es solo una representación religiosa: es un punto de encuentro, una herencia viva y una muestra de que, cuando la fe se comparte, también se multiplica.