Cuando un niño te invite a jugar, quítate los zapatos

“¿Juegas conmigo?”. Parece una invitación pequeña, casi cotidiana, pero quizá sea una de las preguntas más importantes que un ser humano puede recibir

Los niños no necesitan una infancia perfecta. Necesitan una infancia suficientemente acompañada.

Hay una pregunta que los niños hacen con una naturalidad que los adultos hemos olvidado: “¿Juegas conmigo?”. Parece una invitación pequeña, casi cotidiana, pero quizá sea una de las preguntas más importantes que un ser humano puede recibir. Porque cuando un niño te invita a jugar no solamente está buscando compañía; está abriendo la puerta de su mundo. Te está diciendo: “Ven, conoce lo que imagino. Ven, mira lo que siento. Ven, quédate conmigo”. Por eso, cuando un niño te invite a jugar, quítate los zapatos. Siéntate en el piso. Deja el teléfono. Olvídate por un momento del reloj. Porque quizá no te está invitando a jugar: te está invitando a su corazón.

Estamos viviendo una época en la que la infancia parece tener cada vez menos tiempo para ser infancia. Hemos llenado las agendas de nuestros niños con actividades, clases, tareas, entrenamientos y pantallas, convencidos de que mientras más hagan, más preparados estarán para el futuro. Pero en esa carrera por adelantarlos al mañana estamos olvidando algo esencial: los niños necesitan vivir el presente. Necesitan correr sin rumbo, ensuciarse, inventar historias, construir castillos con cajas, jugar a ser médicos, astronautas, mamás, papás o superhéroes. Necesitan aburrirse hasta descubrir qué hacer con su imaginación. Necesitan jugar. Y un niño que juega no está perdiendo el tiempo. Está aprendiendo a vivir.

La ciencia lo confirma. La Academia Americana de Pediatría ha señalado que el juego es fundamental para el desarrollo saludable porque fortalece el lenguaje, la creatividad, las habilidades sociales y emocionales, la capacidad de resolver problemas y, sobre todo, los vínculos entre los niños y los adultos que los acompañan.

La Organización Mundial de la Salud también ha advertido sobre la importancia de que durante los primeros años existan oportunidades suficientes para la actividad física y el juego, al tiempo que recomienda limitar el tiempo sedentario frente a pantallas.

El problema no es solamente que nuestros hijos pasen demasiado tiempo frente a una pantalla; es preguntarnos qué estamos dejando de hacer mientras ellos están ahí. Porque ningún dispositivo puede sustituir una mirada, un abrazo, una conversación o la presencia de alguien dispuesto a sentarse en el suelo y compartir el mundo de un niño.

John Bowlby, uno de los grandes referentes de la teoría del apego, explicó que los seres humanos necesitamos vínculos afectivos seguros para desarrollarnos. Un niño necesita sentir que existe alguien disponible, sensible y capaz de responder a sus necesidades. Y el juego es uno de los lenguajes más poderosos para construir esa seguridad.

Cuando un padre se sienta en el suelo, cuando una madre acepta jugar a la casita, cuando un abuelo deja que su nieta le pinte la cara o cuando un adulto se convierte durante diez minutos en el monstruo que persigue a un niño por toda la sala, está diciendo algo mucho más profundo que “vamos a divertirnos”: está diciendo “estoy aquí, tu mundo me importa y tú me importas”. Tal vez por eso deberíamos dejar de preguntarnos cuánto cuestan los juguetes que compramos y comenzar a preguntarnos cuánto tiempo estamos dispuestos a regalar. Una habitación puede estar llena de juguetes y, sin embargo, estar vacía de presencia. Podemos comprar el videojuego más sofisticado, pero ninguna tecnología puede hacer lo que hace un adulto cuando se sienta junto a un niño y entra en su imaginación.

Porque jugar también es escuchar. Hay emociones que los niños todavía no saben explicar, pero sí saben jugar. Un niño puede representar con sus muñecos aquello que le preocupa. Puede construir una casa y derribarla una y otra vez. Puede jugar a ser médico después de haber tenido miedo en una consulta. Puede convertir una caja en una escuela y reproducir en ella lo que vivió durante el día.

El juego es una forma de expresión, un lenguaje que permite decir lo que todavía no puede nombrarse. Donald Winnicott entendió profundamente esa dimensión de la infancia: el juego es un espacio de creatividad en el que el niño puede explorar su mundo interno y relacionarse con la realidad. Por eso, cuando un adulto interrumpe constantemente el juego para corregir, dirigir o apresurar, puede estar perdiendo una oportunidad valiosa de conocer lo que ocurre dentro de ese niño. Y quizá aquí está una de nuestras grandes contradicciones como sociedad: hablamos mucho de salud mental infantil, pero todavía no hemos comprendido que una infancia con tiempo para jugar, para sentirse acompañada y para construir vínculos seguros también es una forma de prevención.

Los niños no necesitan una infancia perfecta. Necesitan una infancia suficientemente acompañada. Necesitan espacios donde puedan jugar sin miedo, parques donde puedan correr, escuelas donde el juego no sea visto como una pérdida de tiempo y familias que comprendan que jugar también es educar.

El artículo 31 de la Convención sobre los Derechos del Niño reconoce el derecho al descanso, al esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de su edad. No estamos hablando de un privilegio. Estamos hablando de un derecho. Y protegerlo implica mucho más que decirles a nuestros hijos que salgan a jugar. Implica construir familias, escuelas, comunidades y ciudades donde realmente puedan hacerlo. Necesitamos espacios públicos seguros, patios, parques, calles habitables y adultos que comprendan que permitir que un niño juegue también es una forma de proteger su desarrollo.

Y, sin embargo, cada vez vemos más niños con agendas de adultos. Los llevamos de una actividad a otra, les pedimos resultados, medimos su desempeño y nos preocupamos por que “aprovechen el tiempo”. Hemos confundido desarrollo con productividad. Queremos que aprendan más, que sepan más, que hagan más. Pero quizá un niño también necesita algo que no aparece en ninguna boleta: tiempo para imaginar.

El juego libre enseña cosas que ningún examen puede medir. Enseña a perder y volver a intentar, a negociar cuando dos quieren el mismo juguete, a esperar, a compartir, a resolver conflictos, a tolerar la frustración, a crear reglas y también a modificarlas, a ponerse en el lugar de otro y a descubrir que una caja puede ser un barco y que una cobija puede convertirse en un refugio. En el juego, los niños ensayan la vida antes de enfrentarse a ella.

Pero los adultos también tenemos algo que aprender. Quizá hemos olvidado jugar porque nos hicieron creer que crecer significaba dejar atrás la imaginación. Nos enseñaron a ser productivos, serios, eficientes. Nos acostumbramos a medir el tiempo en pendientes y no en recuerdos. Respondemos mensajes mientras nuestros hijos nos hablan. Estamos físicamente presentes, pero emocionalmente ausentes. Tenemos fotografías de su infancia, pero no siempre tenemos la experiencia de haberla vivido con ellos. Y un día crecerán. Un día ya no nos pedirán que juguemos. Ya no habrá una pequeña voz llamándonos desde el piso. Ya no tendremos que perseguirlos por la casa ni aceptar que una almohada puede ser una nave espacial. Llegará un momento en que tendrán otros intereses, otros amigos, otras preocupaciones. Y entonces quizá entendamos que aquellas veces que dijimos “después” eran momentos que no podían guardarse para después. La infancia no espera.

Por eso, la próxima vez que un niño nos diga “¿juegas conmigo?”, hagamos una pausa. Dejemos el celular. Soltemos por un momento los pendientes. Sentémonos en el piso. Permitamos que él ponga las reglas. Riamos. Inventemos. Equivoquémonos. Volvamos a empezar. Quitemos los zapatos. Porque cuando un niño nos invita a jugar, nos está ofreciendo una oportunidad que no durará para siempre: entrar a su mundo mientras todavía quiere compartirlo con nosotros. Y quizá esa sea una de las formas más profundas de amar.

Un niño que juega está construyendo su imaginación, su confianza, sus vínculos y su manera de relacionarse con el mundo. Pero cuando un adulto decide jugar con él, ocurre algo todavía más importante: ese niño aprende que no está solo, que su voz importa, que sus emociones tienen un lugar y que hay alguien dispuesto a detener el mundo para acompañarlo. No dejemos que la infancia se convierta en una agenda llena de actividades y vacía de presencia. No permitamos que el juego desaparezca detrás de las pantallas, las prisas y las exigencias de los adultos. Defender el juego es defender la infancia. Y defender la infancia es apostar por la sociedad que queremos ser. Porque quizá los grandes cambios no comienzan en un escritorio, ni en una ley, ni en un discurso. Quizá comienzan en el piso de una casa, cuando un niño extiende sus brazos, nos mira y pregunta: “¿Juegas conmigo?”. La respuesta debería ser sí. Quitemos los zapatos, sentémonos a su altura, entremos a su mundo y recordemos que, en ese pequeño universo construido sobre el piso, puede estar ocurriendo algo enorme: un niño está aprendiendo que su mundo importa y que hay alguien dispuesto a habitarlo con él. Y quizá esa sea una de las formas más profundas de construir con amor.

Alexia Medina Contreras construyendoconamor21@gmail.com

Mujer joven, leonesa, estudiante de la carrera de psicología por la Universidad Iberoamericana, activista y comprometida con las generaciones venideras a que tengan una vida digna y en igualdad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back to top button
Periódico Notus
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles. Aquí más información