Cuando el alcohol llega a la escuela de tu hijo

En un lugar del Universo.

Apenas ayer hablaba precisamente de los valores y las “válvulas de escape”. Y cómo es algo en que vivimos día con día, voy de sorpresa en sorpresa y lo ocurrido el día de hoy no podría dejar de escribirlo.

-¡Papá, los niños de mi salón hicieron una travesura muuuuuy grande!

– ¿Qué hicieron?, le pregunté un poco despreocupado, mientras las señoras se hacían bolas en la entrada de la escuela recogiendo a sus hijos.

– Muy, pero muy, pero muuuuy grande papá.

Cuando me lo recalcó, me  detuve en seco, mientras el vendedor de raspados no se daba abasto, y le ponía más y más chamoy a un insistente niño desesperado.

-¿Qué pasó le pregunté? -en un tono muy serio-.

-Es que es algo muy malo, creo, muy malo. El maestro se enojó mucho. Y mandó llamar a los papás de mis compañeros.

– Dime pues, que hicieron.

Con toda la inocencia de una niña de ocho años, que cursa el tercer año de primaria, se me quedo viendo fijamente, tal vez analizando si le estaba poniendo toda la atención que requería.

-Metieron alcohol en una botella.

-¿Alcohol?, ¿quiénes?.

Si, alcohol, en una botella como en la que me pones el agua. El recreo ya había terminado, y una compañera,  dijo muy fuerte que olía a alcohol.  La mayoría del salón ya se había servido de la botella en sus cilindros.

Mmmmmm  ¿y  tú?

-No, yo no. De hecho ni cuenta me había dado, te dije ayer que el maestro me acababa de cambiar a mero adelante, porque le dije que no veía bien el pizarrón,  ¡y eso que traigo lentes!.

-¿Qué hizo el maestro?

-Pues preguntó que quién había llevado esa botella con alcohol.  Y todos dijeron que “Compañerito N.”.  Le dijo que lo acompañara, se lo llevo a la dirección y de ratito llegaron sus papás, junto con varios papás de otros niños… no sé de quién son papás, nada más reconocí al papá que es tu amigo.

-¿Y en qué quedo todo?.

-¿Me compras un libro para colorear de los Ksimeritos?, me dijo intentando evadir la pregunta.

– Apenas ayer te compré uno.

-Bueno, una pluma mágica, de esas que solo puedes ver lo que escribes con la lamparita.

-¿De qué color la quieres?.  La verde, me dijo.

-¿Cuánto cuesta?, le pregunte a la señora que tenía todo un Office Depot en la banqueta.

-¿Diez pesos? me decía mientras atendía a treinta niños al mismo tiempo. Solamente traía un billete de cien pesos, y la verdad me dio pena, porque vi que batallaba con el cambio.

-Mañana me lo paga, me dijo.

-El lunes, la corregí.

-¡Ahhh, si el lunes, no se preocupe!, me decía sin dejar de atender al mundo de niños que también querían plumas “mágicas”.

Mi mente estaba en la botella de alcohol. Trataba de acordarme quien era el papá de “Compañerito N.” No pude… hace apenas una hora de eso… y aún no recuerdo.

Mi mente viaja por el grupo de WhatsApp en donde estamos todos los papás. Nadie ha comentado nada todavía.

Ahora que hemos llegado a casa una ráfaga de preguntas de mi pequeña hacen que se me enchine la piel. Ahora valoro el aumento de la gasolina (deje de subir a mi niña al transporte y tengo más tiempo para platicar con ella).

-¿Los van a expulsar?, ¿es malo el alcohol?, ¿sabes cuántos alcanzaron a tomarle de esa botella?, ¿Qué me harías si yo también hubiera tomado?, ¿Por qué mi prima mayor toma… -mmmm bueno, ella tiene veintitrés años?, ¿crees que expulsen a Compañerito N. como cuando en segundo año expulsaron al niño que nos golpeaba? ¿algún día, cuando sea grande podré tomar alcohol? ¿Si te conté que yo no les dije nada de lo que me platicaste del niño de Monterrey, y ya todos lo sabían? Yo no les dije nada, de verdad, yo no les dije nada, y todos, todos, todos ya habían visto el video varias veces. ¿Van a quitar del cuadro de honor a mi otro compañero por tomar de esa botella?…

Aún estoy en shock. Le contesté cada una de las preguntas. Ahora juega con su hermano escribiendo niñerías con su pluma mágica. Su hermano escribió que ella está enamorada de un vecino, una simple historia de amor, mientras ella le grita entre risas que no es cierto. Todo justo hoy que llegó el alcohol a la escuela de mi hija… más bien, el día  que tristemente me enteré que en todos lados se cuecen habas.

 

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